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Día del Niño Hospitalizado

miércoles 13 de mayo de 2020, 09:15h

Y entre fases y desfases ya estamos a miércoles.

Y parece más otoño que primavera, ha vuelto el frío y la lluvia... Y ya que habíamos lavado y guardado la manta del confinamiento la hemos vuelto a sacar. Al fin y al cabo, son las cosas de la primavera. Siempre nos pasa igual, vemos un rayo de sol y nos creemos que ya es verano. Lo mismo nos ha pasado con el COVID 19, nos han dejado salir un poquito y algunos han creído que esto ya había pasado. Pues el tiempo nos da una pista para saber que nada es lo que parece y que no tenemos que confiarnos. Porque se trata de avanzar, no de retroceder.

Y con la tele de fondo, acabo de ver un anuncio que nos recuerda que es el “Día del Niño Hospitalizado” y una vez más me paro a pensar. Y esta vez lo hago con un sentimiento de culpa, porque soy consciente de lo egoístas que somos. De lo pequeña que es nuestra mente, que no ve más allá de nosotros mismos. Estos días vivimos en una queja constante por nuestra pérdida de libertad, por el confinamiento, por la incertidumbre, por haber perdido nuestras costumbres, nuestra normalidad. Por haber perdido el control de nuestra agenda y de nuestros planes. Por estar encerrados en nuestras casas... E inevitablemente me vienen a la cabeza todas esas familias y sobre todo, esos niños a los que, injustamente, les han robado su salud y su infancia. A quienes de verdad les han privado de libertad. Esos niños hospitalizados rodeados de enfermedad, de dolor, de incertidumbre, de noches y días eternos. De pinchazos, de pruebas, de máquinas... Y a la vez, arropados por el cariño, por la dedicación, por la profesionalidad, por el alma, el corazón y la vida de cada uno de los profesionales de los hospitales vestidos con sus batas de colores y sus uniformes verdes. El color de la esperanza. La esperanza a la que se tienen que agarrar cada día. La esperanza de curarse y sobre todo, la esperanza de vivir.

Esos niños que no han necesitado una pandemia, para saber lo que es vivir encerrados, aislados. Porque un contagio puede suponer la muerte. Niños acostumbrados a vivir sin besos ni abrazos de los suyos. Que viven entre distancias de seguridad. Sin poder salir ni entrar, ni correr, ni jugar en un parque, ni ir a la piscina, ni a la playa, ni de excursión, ni tan siquiera salir al balcón ni ir al colegio. Estudiando desde el hospital, viendo la vida a través de una pantalla, viajando y viviendo historias de otros a través de los libros.

La mamá de uno de esos niños es amiga mía. MADRE en su máxima expresión. Puro amor. Vital, generosa, fuerte, paciente, valiente, luchadora... Una madre que estos días está reviviendo lo que fue el encierro y aislamiento con su hija, con las manos peladas de tanto gel hidroalcolico. Y a la que la constante queja en la que vivimos ahora, le parece una ofensa. Una madre que le tocó hacer el papel protagonista de la vida es bella con una sonrisa permanente, aunque la suya fuera un drama. Una madre que se inventó el “estado alga” para dejarse llevar y aceptar la realidad cuando supo que iba a vivir lo peor que le puede pasar a una madre, sobrevivir a su hija. Una madre que sabe que nunca te adaptas a una “nueva normalidad”, y que tan sólo aprendes a convivir con ella y con la ausencia. Una madre que no quería un ángel que velara por ella, sino velar ella toda la vida por su ángel, por su niña. Una madre, que por muy dolorosa que sea cualquier cosa que nos pase, se encarga de recordarnos que “de pena nadie se muere”

Por eso cuando esto pase, que pasará... Recordaremos que hubo un virus que se convirtió en pandemia y nos aisló en nuestras casas, con la amenaza constante del contagio y de la muerte. Y sin habernos fijado en ese día antes, vimos que en el calendario había una fecha que conmemoraba el “Día del Niño Hospitalizado” y nos dimos cuenta que nuestro encierro era VIP, porque era en casa. Y que no teníamos derecho a quejarnos, porque muchos niños vivían aislados y con sus infancias robadas en un hospital. Y ese día fuimos conscientes de que hay familias que viven sin planes y sin plazos, porque superar un día ya es un triunfo. Y valoramos la labor de los sanitarios y voluntarios de esos hospitales, que hasta ahora no recibían un aplauso diario, pero que eran los que hacían posible y más bonita la vida de esos niños.

Esther Ruiz

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