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El bar ¡Aúpa España! era una indefinible mezcla antiguo-moderna donde alternaban los carteles de tres generaciones
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El bar ¡Aúpa España! era una indefinible mezcla antiguo-moderna donde alternaban los carteles de tres generaciones

Capítulo 13: 'Cuenta atrás'

El bar ¡Aúpa España! era una indefinible mezcla antiguo-moderna donde alternaban los carteles de tres generaciones: del abuelo Telesforo se mantenían los carteles de Manolete, de la selección de 1978 (la de Juanito y Santillana) y un poster del Interviú de Bárbara Rey; del padre Telesforo las portadas de Iron Maiden, Metálica y Rosendo y de Telesforín, imágenes impresas de Bill Gates, Steve Jobs y de Miley Cyrus en pelotas subida en una bola de demoliciones.

Los asiduos del bar también se gastaban de esos tiempos, si bien los fundadores habían ido cayendo, y alternaban una mayoría sesentera con grupitos jovenzuelos. Una máquina de flipper que dejó de funcionar en los ochenta ocupaba una esquina del local. Una cabeza de toro, que había recibido más cornadas de la clientela que dado en vida, competía en prodigiosa estabilidad con la famosa torre de Pisa. Ornaban finalmente, las paredes del local, unos cuantos carteles, descoloridos ya, de diversas zonas de Galicia, y fotos desvaídas de platos de pulpo y de mejillones.

Como en los templos antiguos, la barra del bar había sufrido sucesivas acumulaciones que permitían detectar las diversas capas geológicas de las que estaba hecha, desde la madera primigenia hasta el moderno aluminio pasando por el mármol hecho de piezas de derribo, todo ello sin solución de continuidad y provocando un estupor estético de imposible resolución.

Un familiar olor a fritanga, por el humo que el ventilador extractor no conseguía extraer del todo (a ¡Aúpa España! nunca llegó la modernidad de la “campana”), completaban el ambiente.

Al fondo, un grupo de parroquianos hablan con las cabezas muy juntas en inequívoca actitud conspiradora, esquivando, al hacer enérgicos ademanes, las patatas fritas y los boquerones en vinagre que acompañan a las cañas, vacías y llenas, que ocupan la mesa.

- Yo, la verdad, no lo entiendo –confesaba con cara de asombro Joanet.

Esta jueza también está conchabada. ¡Ya no queda nadie en España sino nosotros! ¡Estamos solos en esto! Pero no importa. ¡Lo haremos solos! –proclama esgrimiendo una gran patata frita.

- Estoy de acuerdo –concede Genaro. Han pasao ya cinco días y ¡mutis!

No hemos tenido respuesta. Las pesquisas de Manoli han sido infructuosas. Parece que la alcaldesa leyó la carta y se lo encargó al jefe de gabinete.

- Conociendo al pájaro, seguro que no hace nada. ¡Menudo! –terció el cabo Perales con su eterno palillo terciado en la boca.

- ¿Le conoces? –se interesó Genaro

- Bueno, directamente no, pero una vecina de un colega del escuadrón coincide con su mujer en el AMPA del cole de sus niños y me ha dicho…

- ¡Ah! Entonces, seguro… se burló Joanet

- Bueno, se impacientó Genaro, que le den… Tenemos que buscar alternativas. La semana que viene llegan los catalanes y algo hay que hacer.

- Yo, de momento, pediría otras cañas –propuso Aurelio por aliviar la tensión

- No me seas gilipollas, Aurelio, que me cortas la inspiración. Pero, es

verdad –dijo mirando los vasos vacíos. Perales, tú que tienes mano aquí…

- Me encargo –afirmó marcialmente. ¡Telesforo, que nos tienes secos, cojones! ¿Para eso hago la vista gorda sobre la mierda de cocina que te gastas? ¡Mira que te cierro el chiringo en un pis pas!

Telesforo se acercó con la parsimonia que le prestaban sus cien kilos de peso, repartidos de manera no totalmente proporcionada: una prominente barriga le obligaba a sujetar el pantalón con un cinturón que describía una pronunciada elíptica descendente y que le valía, además, para sujetar una mugrienta bayeta con la que restregaba, más que limpiaba, las mesas del local, repartiendo generosa y uniformemente la porquería.

Una pulsera de cuero negro con tachuelas y una camiseta raída de ACDC recordaba al viejo rockero, y un aspecto general a lo Demis Roussos sin túnica, con sus barbas y largos pelos, completaban la figura.

- A ver, qué falta a sus ilustrísimas –preguntó con sorna

- Pues una de lo mismo, ¡señor embajador! –le siguió Perales la comba

- Marchando... y ¡una de oreja!, que aquí están cuchicheando mucho sus excelencias...

Una vez despejado el campo de testigos, Perales, tras mirar aviesamente la mole alejándose, volvió a la conjura

- Caballeros, yo sólo veo dos salidas: o los secuestramos, o los neutralizamos. Así de grave creo que está el asunto.

Los demás conjurados se miraron, intimidados por la gravedad de la propuesta.

- Cuando dices neutralizamos quieres decir… comenzó Joanet

- Quiero decir eliminamos, fumigamos, hacemos desaparecer…

- Hosti, tú, que me estás acojonando. Que una cosa es salvar a España y otra cometer un delito y…La llegada de las cañas y la oreja, interrumpió la frase de Joanet

- Tú lo que eres es un acojonao, catalino –chuleó Perales

- Yo acojonao, cabo de ….

- ¡Tranquilidad! –impuso Genaro. Aquí nadie va a romper este equipo.

España sólo nos tiene a nosotros, y debemos pensar con frialdad. Por cierto, esta oreja está de puta madre. Telesforo, ¡un diez para la cocinera! –vociferó Genaro

- Que es una servidora - respondió Telesforo con guasa desde el fondo de la barra.

- Mira lo que te digo, que tengo probadas muchas raciones de oreja en mi vida y no probé una como esta –galleguizó Joanet su acento sin querer

- Anda este -se burló Perales. Pero ¿tú no eras polaco?

- Yo soy de Madrid, capullo, pero desde que me fichó el CNIcat, he vivido en Barcelona. Los verdaderos agentes nos mimetizamos allá donde vamos. Y como este garito es gallego…

- Ya –le miró con sorna Perales. Pues aquí, de pulpo…

- ¡No me toques los collons!

- Bueno, ¡coño! Dejadlo ya, que parecéis dos diputados –bromeó Genaro

- ¡Bien dicho!, Genaro –apuntó Aurelio, por decir algo en la conversación y preparando el terreno de su carencia total de monetario para pagar las cañas ya ingeridas

Todos dieron un buen sorbo a los vasos de cerveza y quedaron en silencio como pensando en qué narices hacían allí.

- Bueno, a lo que íbamos –recuperó Joanet. Que algo tenemos que hacer. El plan A, de la carta, no ha funcionado.

- ¡Ya lo tengo! ¡Claro! ¡Eso es! –exclamó Genaro posando violentamente su caña en la mesa. Los catalanes… aparecerán…

¡Envenenados!

- ¿Cómo? ¿Pero no habías dicho que no…?

- Pero no lo haremos nosotros –siguió como iluminado Genaro. Bueno sí, pero no nosotros…

- Oye, macho, no me entero de nada.

- ¡Les envenenará la alcaldesa!

- ¡Tú alucinas, colega! Soltó Perales en un arranque. Como que lo va a hacer.

- ¡Ella no sabrá que lo está haciendo! –continuó Genaro, cada vez más

exaltado con su plan

- Y… ¿cómo…?

- Tenemos que envenenar las magdalenas que, seguro que les ofrecerá. Siempre lo hace… Será muy sencillo

- Pero….

- ¡Tú déjame a mí! Que ya os diré como.

Con la sensación de haber tomado una decisión trascendental para la suerte del país, todos apuraron sus cañas, quedaron para el día siguiente y Genaro y Aurelio salieron pitando para la Residencia para no llegar tarde a la comida del mediodía, pues las raciones que la señora del gerente ofrecía iban tan justas, que los hambrientos residentes contaban con las bajas del día para zamparse las raciones sobrantes, de las que daban cuenta antes de preguntar.

Autor : Luis Cueto.
ilustraciones: Danish Xavier J. Morales B.

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