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La quinta silvestre

La quinta silvestre

domingo 23 de abril de 2006, 00:00h
Una valla de cientos de metros separa la calle Alcalá de la Quinta de los Molinos, un parque que conserva aún el sabor del huerto que un día fue.
Suanzes tiene una isla verde, un campo de almendros y olivos, eucaliptos, pinos, y encinas que permiten olvidar por unos momentos la ciudad que lo esconde. Como a otros, la primavera favorece el paisaje de este parque que conserva un carácter muy suyo, un aire rural impregnado en los frutales y y en la libertad de su diseño, heredado de lo que fe la finca de la familia Cort. Su nombre se lo dan dos molinos de viento para el riego que aún permancen en pie, muy próximos a un imponente palacete. Esta quinta merece más que un paseo. Allá vamos.

Tiene un tocayo en la mismísima Habana, que conserva como museo la residencia donde los capitanes generales españoles veraneaban en la época colonial. Pero la de Madrid poco tiene que ver con aquella Quinta cubana, y se ha dedicado a crecer y conservarse con toda el sabor rústico de lo que fue una antigua extensión de cultivos en una zona donde también pasaron ratos de ocio los miembros de la familia real en el siglo XVIII.

Por entonces Madrid era sólo una pequeña villa alejada de esta gran huerta que hoy, sin embargo, ha quedado atrapada en la ciudad, en la que se conserva como una isla verde. Una valla la separa de la calle Alcalá a la altura de Suanzes, hasta la que llegan los efluvios de los almendros cuando sus flores estallan en la temprana primavera madrileña. Y es que algunos ser atreven a llamar a este jardín el "valle del Jerte" de la ciudad por cuantos almendros se extienden por la Quinta. Cierto es que estos ejemplares hacen de la finca un parque único entre los de Madrid pero no menos que también contribuyen a esta esencia las decenas de olivos que se alinean robustos en el corazón de la Quinta, donde también se dejan ver otros árboles frutales además de abedules, celindos, robinias y mimosas y eucaliptos. En total, más de 6.000 árboles y grandes arbustos.

Una red de paseos permite recorrer el parque y admirar los corros de árboles, entre los que se levantan espesos arbustos repartidos por toda la finca, que le confieren un carácter silvestre a todo este espacio público. En el siglo XX la Quinta de los Molinos perteneció a la familia del arquitecto César Cort hasta que en 1982 los herederos acordaron con el Ayuntamiento de Madrid la cesión de las tres cuartas partes de las casi 30 hectáreas, a cambio de concentrar la edificabilidad en dos sectores no arbolados situados al norte de los terrenos. Gracias a este contrato los madrileños pueden disfrutar hoy de este tranquilo entorno, donde apenas unos pocos visitantes pasean en una soleada mañana de primavera. Bajo unos pinos, un grupo de asistentes a la Escuela de Primavera organizada por el Ayuntamiento de Madrid, trataan de curiosear y aprender sobre los secretos de un lugar donde los cambios de estación son increíblemente atractivos. El núcleo originario de la finca fue el entorno del palacete y la zona situada al Norte del camino de Trancos o de la Quinta, donada como regalo del Conde de Torrearias a César Cort. El resto de la finca es el resultado de varias adquisiciones que realizó este arquitecto en los setenta.

La hiedra y los lirios en flor conquistan el suelo y hacen más frondosa buena parte de la Quinta, que al norte conserva el viejo invernadero levantado por su último propietario. Hoy no es más que una silente habitación aireada de hierro blanco, donde algunos se refugian del viento o las miradas. Muy cerca está la que llaman la Casa del Reloj y en la que, antes de las obras de rehabilitación a la que se somete desde hace unos años, el Área de Medio Ambiente impartía clases de jardinería. En los alrededores de la Casa del Reloj se distribuyeron parcelas escalonadas de huertas y de producción de flores y otras a jardín ornamental rodeadas por muretes y escaleras que separan las distintas zonas. Uno de los últimos elementos construidos en el entorno fue la pista de tenis, cuyos se conservan aún hoy encajados en el sentido de la pendiente longitudinal del terreno.

Los molinos en el aire

Chirría en el aire uno de los dos molinos que conserva la Quinta y que, impulsados por el viento, hacían correr el agua que ahora sólo se conserva en dos estanques gemelos y en un lago, más cercano al Palacete. Entre aligustres, petunias y lirios se abre paso una gran explanada verde de hierba recién segada, antesala del imponente palacete. Su construcción se inició en 1925 con aires vieneses. En ésta época también se edificó la Casa del Reloj acompañada de patios y otras dependencias de uso agrícola. Orientadas ambas construcciones al Sur hacia la Vaguada del arroyo de los Trancos que dispone de una plantación importante de frondosas en el seno de la cual se construyó el lago y el jardín.

El agua empleada para regar la finca procedía en el inicio de pozos y manantiales descubiertos a lo largo del proceso de formación de la Quinta que dio lugar a la construcción de numerosas albercas y balsas para almacenamiento y distribución, y de fuentes que cumplían la doble función de alimentar las albercas y al mismo tiempo ser decorativas. De este modo se fue creando un complejo sistema de circulación de agua en toda la parte norte de la Quinta. Cuando fueron adquiridas las parcelas situadas al sur del Arroyo de los Trancos, en los años 20, se elevó un tramo del camino y se construyó un puente sobre el Arroyo y sendas tapias a ambos lados del camino, ya que constituía una servidumbre de paso. Estas tapias diferenciaban el ambiente frondoso y sombrío de la cabecera del arroyo y el resto de la Quinta, llena de almendros. El Parque Quinta de los Molinos, catalogado como Parque Histórico merece mucho más que un simple vistazo. Piérdase por esta finca rústica en plena ciudad.
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