Pensar Europa desde Latinoamérica, y viceversa, nos ofrece una oportunidad excepcional de reforzar el papel de las dos regiones en un mundo en convulsión. Una buena manera de promover esta conversación es, sin duda, desde las universidades, instituciones que comparten valores y propósito y que han construido su éxito sobre la colaboración. Impulsar el Espacio común de educación superior ALC‑UE nos acerca la esperanza de un futuro posible respetuoso con la dignidad humana y responsable con las futuras generaciones.
Con esta ambición, el próximo 23 de marzo, en el ámbito de EUROLAT (Asamblea Parlamentaria Euro‑Latinoamericana, es decir, el órgano parlamentario birregional que reúne a representantes del Parlamento Europeo y de parlamentos de América Latina y el Caribe para dar seguimiento político a la asociación estratégica UE–ALC) y auspiciada por su presidente Gabriel Mato, la Asociación espacios de educación superior celebrará una jornada con el título “Hacia el espacio común de educación superior ALC UE”.
La sede de la jornada es un fiel reflejo de su propósito. El Parlamento Europeo expresa mejor que ninguna otra institución la capacidad de sentir por el dolor de los otros que sirve de soporte a nuestros valores cívicos, así como la lucha contra la cruel banalidad y el desprecio de los menos favorecidos.
En la semana del fallecimiento del europeísta Jürgen Habermas no podemos olvidar que la razón surge del entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos. Y así sucede entre ALC y UE, unidas por un cosmopolitismo incluyente y el convencimiento de que la legitimidad democrática nace del mejor argumento y no del poder cerril. En este entorno, reconocer que nuestras universidades son la mejor expresión de la viabilidad de esta relación parece una obvia muestra de sensatez.
Hasta ahora, los países anglosajones han sido los que mejor han comprendido que las universidades son infraestructuras estratégicas de los Estados; sin embargo, los profundos cambios geopolíticos que estamos experimentando impulsan nuevos escenarios, más allá de la lógica de los intereses propios de la industria global de la educación superior.
Baste citar el “Blueprint for building a strong education system by 2035” del Gobierno de China, o la "Bund‑Länder strategy for the internationalisation of higher education institutions in Germany. 2024–2034” de la República Alemana, o el auge de la transnacionalidad del que se hace eco la recientísima «The UK’s International Education Strategy 2026».
La globalización ha terminado propiciando un escenario policéntrico para las universidades que ofrece al Espacio común ALC‑UE oportunidades imposibles de ignorar. No podemos olvidar en esta situación que España tiene la obligación y el privilegio de liderar este proceso de relaciones entre ambas regiones, y recordar a sus socios europeos que, en un momento de turbulencias en la escena internacional como el actual, todos ellos tienen un aliado natural en América Latina, y viceversa. Así lo recoge la moción que, en este sentido, fue aprobada por el Senado de España en septiembre de 2025, por una excepcional unanimidad de todos los partidos políticos.
Las relaciones entre los universitarios a uno y otro lado del Atlántico constituyen una tupida red de relaciones personales e institucionales que está demandando un marco político adecuado a su relevancia. Es la hora de que los políticos hagan su trabajo y liberen el potencial que, para el progreso y la seguridad de las dos regiones, retiene la falta de una estrategia compartida en educación superior.
La próxima reunión EuroLat en Ciudad de México, del 26 al 28 de mayo de 2026, o la XXX Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno de 2026, que se celebrará en Madrid los días 4 y 5 de noviembre de 2026, son oportunidades que no podemos dejar pasar para reivindicar un Espacio común entre las dos regiones impulsado desde el conocimiento.
Hay un sentir compartido en que es mucho lo que tiene que aprender unas de otras las universidades de los dos lados del Atlántico, y que su impacto en la sociedad será todavía mayor. Como también lo es que esta relación se base en principios de equidad y beneficio mutuo, de plena bilateralidad, lejos de cualquier visión de superioridad del norte global. Por otra parte, difícilmente avanzaremos sin reconocer desde el principio el alcance político, no meramente mercantil, de la propuestas, sin que ello suponga despreciar el impacto económico de incorporar en el libre comercio, como se ha hecho entre India y la UE recientemente, la movilidad universitaria y el reconocimiento de titulaciones.
Urge superar la fase de los informes que, durante décadas, han desarrollado los centros de estudios internacionales explicando las dificultades que han limitado el desarrollo del Espacio común de educación superior; estamos ante la necesidad de actuar. Así nos lo muestran retos como la disrupción social y productiva que supone la IA, y en concreto el paradigma que para el aprendizaje trae consigo; las tensiones mundiales vinculadas a la demografía o al medio ambiente; la ruptura del multilateralismo; el negacionismo científico; el auge del «rage bait»; o el abierto cuestionamiento de los derechos humanos, que demandan preguntas compartidas y propuestas más allá de las restricciones nacionales. Sólo espacios de conocimiento en libertad como son las universidades son capaces de articular esta conversación en defensa del bien común y en contra de la inevitabilidad de la fuerza bruta y de los hechos consumados de las tecno‑corporaciones.
Si América Latina, el Caribe y la Unión Europea no avanzan en la integración de sus sistemas educativos, corren el riesgo de quedar rezagados frente a otras potencias. Hace falta salir de las reuniones con agendas comunes, con compromisos reales, y no solo con declaraciones políticas. No podemos esperar a disponer de una propuesta unánime y plenamente coherente, que la realidad política se empeñará en negarnos, para actuar.
La progresiva creación del Espacio europeo de educación superior es el ejemplo a seguir con el Espacio común ALC‑UE. Un camino iniciado hace treinta años en el que seguimos dando pasos, incluso más allá de las certezas legales. Abrir el EEES a la CELAC con un marco flexible para las distintas realidades regulatorias, que permita habilitar recursos compartidos para extender Erasmus+ o articular universidades euro‑latinas es una propuesta posible, a la espera de una decisión que reconozca su relevancia política.
El convencimiento sobre la oportunidad de la propuesta es plenamente compartido dentro y fuera de la comunidad académica. Así lo pone de manifiesto el fundador del Foro Académico Permanente FAP ALC-UE Fernando Galván cuando recuerda que “Necesitamos un gran acuerdo birregional de integración académica en Educación Superior, Ciencia y Tecnología entre Latinoamérica y la UE”; Ricardo Mairal, rector de la UNED y responsable de internacionalización de la CRUE, al afirmar que “Las universidades latinoamericanas tienen mucho que aportar a sus homólogas europeas y a sus estudiantes”; o la directora de la Cátedra UNESCO de internacionalización de la educación superior, Jocelyne Gacel-Ávila, al señalar que “Con una mayor integración regional y políticas educativas coordinadas, ALC tiene el potencial de incrementar su movilidad estudiantil y mejorar la calidad de su educación superior”.
Sin duda, en los últimos años se ha avanzado para generar confianza e interoperabilidad entre los sistemas universitarios latinoamericanos y europeos. Así lo acredita el Memorando de entendimiento entre el Sistema Iberoamericano de Aseguramiento de la Calidad en Educación Superior (SIACES) y la European Association for Quality Assurance in Higher Education (ENQA); los 25 años de la Fundación Carolina que, como nos recuerda su directora Érika Rodríguez, “ha contribuido a cambiar la vida de miles de estudiantes”; o los múltiples informes y acuerdos promovidos por IESALC UNESCO en esta dirección.
Como señala Andrés Allamand, secretario general de la SEGIB, “Hoy el futuro se gana o se pierde en el campo del conocimiento». Posiblemente nunca como ahora Latinoamérica y Europa hayan necesitado mirarse de frente y unir sus propósitos. Qué mejor manera de hacerlo que facilitar que, desde sus raíces, emerjan las relaciones seculares entre sus universidades, pues, como nos recuerda Mariano Jabonero, secretario general de la Organización de Estados Iberoamericanos, “La universidad ha sido a lo largo de toda nuestra historia común un reflejo concreto de la alianza entre Europa y América Latina y Caribe”.