Periodistas hay muchos; cronistas de la villa, pocos; y auténticas enciclopedias de los azares, costumbres e historias de Madrid, menos aún. Ángel del Río era uno de ellos, una rara avis que va a dejar un vacío muy difícil de llenar en estos tiempos de prisa y textos breves con palabras anémicas y manidas. Él se lo sabía todo y, lo que es mejor aún, lo compartía con todos. Una colega de profesión me escribía hace un rato: "A nosotros nos salvó de muchas". Eso solo lo hace un grande.
Y se ha marchado con las botas puestas. Esta misma mañana de miércoles, cuando escribo estas líneas, pisaba el Palacio de Cibeles en compañía de otros cronistas de la Villa como nuestro presidente, Constantino Mediavilla, para reunirse con el alcalde de la capital a invitación de este último. Como un consejo de sabios, un cónclave del saber matritense en el mismo corazón del poder de la ciudad. Por la puerta grande, como los buenos toreros. Pero con capa en vez de traje de luces.
Le apasionaba esta ciudad inmensa (qué trabajo cuesta escribir en pasado), y con pasión también defendía sus ideas y opiniones. En las reuniones del jurado de los Premios Madrid no se dejaba vencer tan fácilmente cuando proponíamos candidatos alternativos a los que tan bien defendía él. Y cuando elegíamos a uno diferente tampoco se conformaba, protestaba, argumentaba aunque ya no hubiera nada que hacer porque los votos habían hablado.
Y, por encima de todo, era un gran tipo, un buen hombre generoso y trabajador que deja un gran legado de palabras (más de 30 libros publicados más todas las horas de radio y prensa en las que se afanó por investigar y, sobre todo, contar), de las que seguimos y seguiremos aprendiendo. Este periódico, esta profesión y esta ciudad quedan hoy desangeladas sin él. Hasta siempre, maestro. Y gracias.