Hace unos días estaba sentado con mi familia, a la hora de comer, y sonaba una musiquilla que me hizo girar la cabeza para detenerme a ver y escuchar lo que decía el hombre del telediario. Se veían muchas banderas nacionales y pensé que era un concurso de bailes típicos de una determinada zona de España o el descanso de un partido de la selección de fútbol. Eso no me llamó la atención porque la enseña nacional la enseña el que quiere y donde quiere con toda normalidad. Sí me levantó de la silla el sonido de unos señores que hablaban, casi pontificaban, sobre los males de la patria y las bondades de la sinrazón.
Consideraban necesario acabar con casi todo lo que trajo la democracia después de que el dictador Francisco Franco muriese tranquilamente en su cama y sin que nadie le dijese entonces nada, ni un reproche de los que pasaron de la noche a la mañana de cómplices de un régimen totalitario y carente de libertades y respeto por los derechos humanos a demócratas. Estos que salían en la tele de mi casa decían que hay que acabar con la Ley contra la Violencia de Género, con la memoria histórica y con la memoria, con las autonomías, con los gays, con los inmigrantes, que sobran casi todos para este nuevo partido que se llama Vox. A mí me suena a etapas pasadas lúgubres y tenebrosas, en las que se vivía en barrios para inmigrantes de fuera de la capital en los que no había nada de nada, el césped de los jardines no existía y la única hierba que se conocía era la grifa que traían los legionarios del Rif. De la sanidad, la educación y los servicios sociales ni me refiero porque eso no existía, sólo había bailes regionales, caridad y un nutrido grupo de torturadores policiales para los que reclamaban libertad y eran críticos con los vividores del régimen franquista. Las fuentes públicas se llenaban de mujeres y hombres prestos a llenar sus cántaros para llevar el agua a sus casas.
Los de Vox también hablan de España como si fuese una pastilla de LSD que al entrar en contacto con sus mentes les hace vibrar y decir cosas que dan más miedo que ilusión. España para los españoles y España lo primero, queriendo imitar a energúmenos como Trump, Salvini o Le Pen, sin entender que español es todo el que vive en España. Antes, en la etapa negra y tenebrosa que me hicieron revivir estos señores y señoras que salían en la tele de mi casa, los inmigrantes no eran negros ni latinos sino de Extremadura, Andalucía o Castilla, pero sobre todo pobres que eran enviados a los extrarradios de ciudades como Madrid. No sé cuántas cosas y libertades más decían que querían suprimir. No las escuché porque fue tanta la lástima que sentí al escuchar una sarta de memeces tan enorme que apagué la televisión.