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Muerte en el trabajo

Muerte en el trabajo

lunes 22 de octubre de 2007, 00:00h
La desgracia se ha cebado, otra vez, con los taxistas de Madrid. ¿Se imagina alguien la posibilidad de que un oficinista, sentado tranquilamente en su despacho, fuera degollado por sorpresa por algún desaprensivo? Pues eso es lo que les pasa, con más frecuencia de la deseada, a los taxistas. Y no sólo en la capital: también fuera se han repetido, en los últimos diez años, los ataques contra los profesionales de este gremio, que viven en las calles y están expuestos, en cada momento, a encontrarse con lo mejor y con lo peor del género (in)humano.

Estos días hemos tenido todos ocasión de hablar con muchos taxistas. Y las circunstancias animan a contar confidencias: muchos han sufrido atracos, o intentos de robo, con la suerte de no resultar heridos; otros se han tenido que tragar a los grupos de niñatos que se marchaban sin pagar, a la carrera, cerca del final de trayecto. O soportar a borrachos que dejan un “recuerdo” en la tapicería, con lo que el vehículo queda inservible para el nuevo cliente… A ello se suma el cúmulo de obstáculos administrativos con que se encuentran a la hora de solicitar, y recibir, ayudas económicas para dotar a sus coches de mejoras en seguridad. Las subvenciones, cuando llegan, son escasas y tardías; la falta de un modelo único de vehículo oficial hace posible que, en algunas marcas, sea incompatible llevar mampara y clientes; los “pisones” –un mecanismo junto al pedal del embrague que, al pisarlo, comunica teóricamente al taxista de forma inmediata con el 112- hay ocasiones en que no funcionan, o la respuesta del puesto de emergencia llega mucho después de producirse la llamada, cuando el peligro ya ha pasado…

Los taxistas llevan muchos años, décadas, muriendo a pie de volante, y pidiendo a los responsables políticos de todos los colores que les den soluciones. Y éstas no pasan por más comisiones, por reunirse en torno a una mesa y debatir durante dos horas qué habría que hacer. Hay que tomar medidas: los propios profesionales del sector apuntan algunas que convendría estudiar. Como que por la noche sólo se admita a clientes que llamen desde domicilios o que estén registrados. O esa vieja iniciativa, apuntada incluso desde el Ayuntamiento tiempo atrás y de la que nunca más se supo, de recoger a los clientes sólo en las paradas o en casa –siquiera durante las horas nocturnas, las que parecen más peligrosas-. O conseguir que se generalice el pago con tarjeta, de manera que los taxistas no lleven dinero en metálico y no sean pieza apetecible para los ladrones sin escrúpulos…

Hacía ocho años que no moría un taxista en Madrid, pero casi de milagro: en 2005, hubo uno herido grave por apuñalamiento en un atraco, que se salvó porque fue, a pie, hasta el Hospital Doce de Octubre. Y otros varios conductores de taxi han sido asesinados por disparos o arma blanca mientras trabajaban en Sevilla, El Bierzo, Las Palmas, Sabadell, Valencia… ¿Esperamos a la próxima víctima, o ponemos soluciones ya, y en serio?
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