Hedda Gabler es tal vez la obra más enigmática e inquietante del dramaturgo noruego Ibsen. En su día tuvo una acogida desfavorable porque, según la crítica de su tiempo, carecía de enseñanzas morales evidentes. Y es que, como el propio Ibsen declaró “no había tratar los llamados problemas, sino describir a los seres humanos, sus ánimos y destinos a raíz de circunstancias y perspectivas vigentes en la sociedad”. El resultado fue un hermoso texto, cargado de vida, de complejidad humana, de un soterrado lirismo que por un lado nos hace recordar las turbulencias emocionales del mejor Strinberg, así como el lirismo crepuscular de las últimas piezas chejovianas.
La obra habla de nuestra incierta condición sin ningún resabio moralizante, se diría que se trata de una pieza en la que Ibsen hubiera querido deliberadamente perder el control de su muy asentada perspectiva para, de este modo, hacer surgir en el personaje principal de la obra todo un símbolo del hombre y la mujer de nuestro tiempo explorando los rincones más recónditos de nuestra frágil y contradictoria naturaleza: insatisfacción, falta de coraje y determinación para realizarse en libertad, frustración traducida en una pulsión autodestructiva que se proyecta hacia los demás, angustia ante una identidad incierta, ausencia de autocrítica, elusión de la responsabilidad...
Su director, Ernesto Caballero, enfrentado al montaje y versión de una obra tantas veces representada, busca en esta ocasión una puesta en escena analítica, una ruptura arriesgada en la que el lenguaje es trasunto coral de la libertad y la destrucción invirtiendo el orden del relato. Ya no es un drama psicológico o burgués. Ni el reconocimiento del fracaso de un proyecto. Ni el desistimiento ante una difícil pero posible solución no alcanzada por comodidad. Ni una nueva versión sobre la obra de Ibsen. Es una metáfora, dura y hermosa, sobre la destrucción.
La representación de este Ibsen corre a cargo de Galanthys, compañía joven de gran calidad cuyos montajes, sobre textos de atrevida complejidad y fuerza escénicas, han sabido arrancar los aplausos del público del Teatro Fernando de Rojas, como fue con su última producción, en septiembre de 2006, de Ritter, Dene, Voss, de Thomas Bernhard.