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Sexo y democracia

sábado 04 de mayo de 2013, 00:00h
  
El paro galopa más que camina y se abre paso día a día sin que nadie se atreva a detener el drama que arrastra y que recorre de norte a sur y de este a oeste la geografía nacional. En Madrid tenemos un índice de desempleo menor que la medía nacional y muy alejado de regiones en las que casi el 40% de su población activa está sin un puesto de trabajo. Casi 700.000 parados madrileños  -casi el 21% de todos los que pueden y quieren empleo- no tienen trabajo. Muchos de ellos no cobran nada de nada y muchas familias, demasiadas, tienen todos sus miembros desempleados. ¡Vaya panorama! Además, los que no saben cómo hacer para que crezca la economía y genere empleos que adelgacen las listas del paro, recortan para ajustar sus cuentas y lo hacen afectando seriamente al llamado Estado de Bienestar.

En educación, con menos profesores contratados,  menos dinero para becas de comedor y para atender las necesidades especiales y específicas de cada colegio y más alumnos por aula, sólo se consigue enviar a más personas al paro y que empeore progresivamente la calidad de la enseñanza que reciben nuestros niños y jóvenes. En sanidad, con menos presupuesto y más ganas de las necesarias de cuestionar el sistema público de salud, sólo han conseguido enfurecer a la mayoría de los pacientes, médicos, enfermeras y demás personal sanitario. Quieren privatizar la gestión de seis hospitales y un buen número de centros de salud. Muchas de las actuaciones que están tomando los que mandan en Madrid y en España no estaban recogidas en el programa electoral del PP.

A los que se quejan, a los que nos quejamos de tanto descaro a la hora de afrontar la crisis con soluciones únicas, las suyas, para sacarnos del marasmo y del empobrecimiento lento pero continuo de la población, nos sueltan eso de que “sacamos mayoría absoluta y dentro de unos años, los ciudadanos juzgarán lo hecho y nos volverán a votar en las elecciones”. Seguro que en la cabeza del que dice tamaña sandez hay poco útil y mucho de uso y costumbre de una normalidad poco democrática. Ellos, los que mandan, quieren que votemos cada cuatro años y nos mantengamos pasivos y silentes durante ese periodo, aunque hagan las políticas que les venga en gana. Deberían preguntar a los ciudadanos si queremos sus privatizaciones no anunciadas en su programa electoral, deberíamos ser consultados más a menudo sobre cuestiones que nos atañen y los resultados de esas consultas deberían ser vinculantes. Hace unos días, Nacho Murgui, presidente de la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid, me decía que con esto de la democracia,  si no se práctica regularmente, pasa lo mismo que con el sexo. “Si haces el amor cada cuatro años no puedes hablar de que tienen vida sexual, y si votas cada cuatro años, tampoco puedes decir que tienes vida democrática”, dijo sin cortarse un pelo y con mucha razón. Una saludable vida sexual es algo deseable y vivir en un lugar donde la democracia tenga vida y tenga en cuenta a sus ciudadanos es algo también deseable. Si no nos preguntan más que cada cuatro años y luego hacen lo que más interesa a ellos y a los suyos, no a la mayoría de los gobernados, podemos decir bien claro que a nuestra democracia, que debería ser saludable,  la saludamos de lejos. Lo que no se usa ni se practica regularmente desaparece con sigilo y sólo quedan las palabras.

Para empezar practicando, acudamos del 5 al 10 de mayo a las miles de mesas que se colocarán en multitud de sitios para participar en la consulta ciudadana sobre la privatización sanitaria.
 
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