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Esperando a Godot

lunes 22 de abril de 2013, 00:00h
Actualizado: 23/04/2013 14:02h
Vuelve 'Esperando a Godot' a la cartelera madrileña en un montaje de Alfredo Sanzol que se puede ver hasta el 19 de mayo en el teatro Valle Inclán. Una propuesta escénica muy interesante, con un excelente nivel interpretativo. Ana María Moix ha hecho una asequible adaptación de la obra de Samuel Beckett.
Han pasado casi sesenta años desde que esta pieza se presentó en Madrid en el año 1955 en el paraninfo de la facultad de Filosofía y Letras. Fue una versión de Trino Trives que estuvo presentada nada menos que por Juan Guerrero Zamora. La primera edición en francés del texto de Beckett había aparecido tres años antes.

En medio siglo, 'Esperando a Godot' se ha estrenado una docena de veces en nuestra ciudad, casi siempre con montajes modestos, aunque debemos recordar uno del Lliure con Anna Lizarán como estrella.

El Centro Dramático Nacional la presenta ahora a lo grande y acierta plenamente. Un atractivo espacio escénico azul, diseñado por  Andújar, se convierte en la tierra de nadie donde Vladimir y Estragón esperan infructuosamente a Godot. Las lecturas del texto pueden ser múltiples. Cada espectador verá una representación en estos dos personajes -¿la Humanidad?- así como en los otros dos importantes,
Pozzo y Lucky, que entran en escena en dos momentos claves y  totalmente surrealistas.

Una de las claves para interesar al público es hacer inteligible el texto. Debe interpretarse de tal manera que cada uno crea ver una cosa. Y, además, debe evitarse el aburrimiento, cosa que casi nunca se consigue.

El montaje de Sanzol es dinámico, enérgico, brillante, con un elenco
extraordinario. Debemos destacar a Paco Déniz y Juan Antonio Lumbreras como los ejes de la acción. Ambos realizan un trabajo enorme. Pero a mí me fascinó Lumbreras, francamente imponente. Pablo Vázquez y Juan Antonio Quintana realizan sendas  interpretaciones perfectas. El público aplaude el monólogo delirante de Quintana cuando se pone el sombrero de pensar. Su personaje permanece mudo el resto de la función, férreamente controlado por
Vázquez, actor de voz espectacular.

No decae en ningún momento el ritmo de la función y así se llega a las casi dos horas de representación identificándose con esos vagabundos que solo tienen una esperanza: la llegada de Godot. Cuando el muchacho -Miguel Ángel Amor- anuncia que hoy tampoco vendrá Godot, Vladimir y Astragón deciden marcharse. Pero no se mueven. Mañana será otro día.
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