Sara nunca se distinguió por la sencillez, por la austeridad. Sobre todo en los últimos veinte años se había convertido en una caricatura de sí misma, paseando por los platós para contar sus múltiples aventuras. Lo mismo protagonizaba un disparatado
vodevil casándose con un cubano un tanto amanerado que una comedia negra sobre la supuesta estafa de un administrador infiel. Pero siguió manejando a los medios de comunicación a su antojo. Cuando ella llegaba a un sitio se convertía en protagonista absoluta.
Es fascinante estudiar cómo una chica manchega sin apenas formación acabó en México haciendo una película tras otra para acabar recalando en el Hollywood esplendoroso de los años cincuenta. Su matrimonio con el director
Anthony Mann la convirtió en un personaje popular, más allá de sus apariciones en “Yuma” y “Veracruz”.

Parece que nadie confiaba en el éxito de
“El último cuplé”, por la que Sara cobró 100.000 pesetas. Pero acabó por convertirse en un suceso de taquilla. Tras ella Benito Perojo contrató a la estrella, que nunca superó el impacto del cuplé, aunque sí consiguió éxitos económicos notables. En la gran pantalla protagonizó algunas secuencias francamente delirantes. Como la gira mundial de “La reina del Chantecler” en la que cantaba –supuestamente- en media docena de idiomas, griego incluido. O el final de “Pecado de amor” cuando, con un deslumbrante visón, se subía al carro de un trapero para abandonar un barrio marginal. Los guiones no escatimaban disparates. Hasta Gala se desmadró en “Esa mujer” (1969).
La estrella de Sara se eclipsó un tanto en los años setenta, tras dejar el cine. Pero “la modernidad” la adoptó a principio de los ochenta tras el espectáculo “Doña Sara de la Mancha” (1981). Ella ya estaba refugiada en el teatro y sus recitales se sucedieron. Memorables fueron sus relaciones con
Celia Gámez y
Olga Guillot a las invitó para el espectáculo “Nostalgia” en La Latina. Celia ya se movía como las muñecas de Famosa pero la cubana era un ciclón arrollador que superó a la manchega, empresaria además. Y no le gustó, claro.
Su falta de pudor a la hora de inventar historias y romances era tan legendaria como sus joyas, babero de esmeraldas incluido. Aunque nunca tuvo una gran voz e hizo de
“Fumando espero” y
“La violetera” sus cartas de presentación, abordó todos los estilos: rumba, Cha-cha-chá, zortzicos… Hasta se atrevió con partituras clásicas como un aria de Lucía de Lammemmoor que perpetraba en “Mi último tango” o una versión de la sinfonía nº 5 de Tchaikovski.
La música fue su refugio artístico hasta el final. Todavía en 2009 sacó un disco, “Absolutamente saritísima”. Para su promoción grabó un video junto a Alaska que deberían recuperar por Youtube.
Tuve oportunidad de entrevistarla varias veces para televisión. Una de esas veces, en el teatro Nuevo Apolo, su marido
Pepe Tous entregó al cámara la famosa media para cubrir el objetivo como filtro antiarrugas. Yo creo que lo hacía ya para mantener la leyenda de su esposa. En otras ocasiones, en plató, hacía gala de sus conocimientos sobre iluminación eligiendo el lugar donde quería sentarse para ser entrevistada. La segunda vez que lo hizo para mí se equivocó flagrantemente y eligió la peor ubicación.
El año 2007 acudió a la presentación de mi libro sobre el centenario del teatro Infanta Isabel. Le comenté que nunca había actuado en él:
--“Todavía tengo mucho tiempo para remediar eso”, me contestó.
Sin embargo en Madrid hacía ya muchos años que no la veíamos sobre un escenario. Ídolo de los gays en todo el mundo de habla hispana, imitada por decenas de transformistas, no tenía inconveniente en sumarse a las causas más descabelladas. Últimamente se dedicaba a apoyar, sin éxito la verdad, la carrera musical de su hijo
Zeus. Con él grabó hace un año otro video promocional, “Sex dance” con el que puede corroborarse mi titular que de María Antonia Abad fue antes muerta que sencilla.