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Crítica.- El lindo don Diego: la risa clásica

viernes 01 de febrero de 2013, 00:00h
Actualizado: 03/02/2013 18:36h
El primer montaje de 'El lindo don Diego' a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico puede calificarse como afortunado. Carles Alfaro hace una propuesta estética alejada del barroquismo en la que solamente algunos trajes ponen nota multicolor a la escena. Despojado de artificios, el trabajo se fundamenta en el texto y la interpretación.
Alfaro mueve a los actores en un espacio oscuro, sobre pasarelas, ante un espejo que ofrece una doble cara de la acción. Ese espejo en el que Don Diego no deja de contemplarse y admirarse para pasmo y regocijo de su primo, sus primas, los criados y el viejo don Tello.

El figurón se convierte en el eje de todas las intrigas y bromas dirigidas a ridiculizarle, ante la imposibilidad de hacerle ver que sus melindres son disparatados. La fuerza del personaje es tal que las acciones paralelas, como la fascinación de doña Leonor por el apuesto Don Mendo quedan apagadas.

Las carcajadas surgen espontáneas ante cada ridículo de don Diego, muy eficazmente interpretado por Edu Soto. El actor ha hecho una dura inmersión en el verso con notable aprovechamiento. Pero es que lo mismo puede decirse del resto de la compañía.

El texto suena claro, conciso, con un buen ritmo. Este es un ejemplo de teatro con economía de recursos pero con gran nivel profesional. Cristóbal Suárez ha crecido notablemente como actor en los dos últimos años. Natalia Hernández aporta su aplomo habitual y el resto del elenco –Raúl Prieto, Rebeca Valls, Javivi, Vicenta N’Dongo, Óscar de la Fuente- brilla cada uno en su cometido. Carlos Chamarro estuvo estupendo en el monólogo con el que Mosquito quiere enredar a su dueño para que no se entere realmente de lo que ocurre en el zaguán de su casa. Es un texto endiablado pero que el actor dice con absoluta seguridad y convicción.

Joaquín Hinojosa firma esta versión que clarifica los cruces de amores, amoríos, engaños y falsos adulterios lo que el público actual debe agradecer. Si acaso se echa en falta un poco más ritmo, más acento en la comedia y en la farsa. El director remata su trabajo con hermoso final en el que los espejos cobran un nuevo protagonismo. Y la luz, que ha aportado durante toda la función un cierto tenebrismo.

El fracaso del lindo don Diego deriva en un patetismo cruel, abandonado a su suerte por el resto de su familia y sirvientes. Y el espectador acaba sintiendo un poco de lástima por el fantoche y piensa si los demás no se habrán sentido superiores en su cordura conveniente y convencional.
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