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El pasmo de Cibeles

martes 22 de enero de 2013, 00:00h
Actualizado: 04/02/2013 20:18h
Pudo caracterizarse de otra forma, pero la alcaldesa Ana Botella decidió quedarse "totalmente pasmada". El hecho aconteció en un tormentoso pleno municipal, cuando el portavoz socialista Jaime Lissavetzky pretendió que se le explicara la remodelación de altos cargos en el Ayuntamiento de Madrid. La regidora se incluyó voluntariamente en la galería de pasmos, pasmados y pasmadas del universo patrio. Veamos.

Muy cerca de la Casa de la Villa, un caserón del siglo XVII que albergó a los alcaldes de Madrid hasta que Gallardón ocupó el Palacio de la Cibeles; en el barrio de los Austrias se desplegaban los amoríos de uno de los monarcas de aquella estirpe real. Felipe IV no escuchó nunca los buenos consejos del Conde Duque de Olivares, un noble piadoso y gestor eficaz, que pretendía convertir a su Rey en un gobernante preocupado por los asuntos del Imperio español. El magnífico novelista Torrente Ballester recreó, siglos después, las andanzas de Felipe IV y las miserias de la corte. Tan bien quedó escrito, que el cineasta Uribe solo tuvo que dramatizarlos en imágenes. El actor Gabino Diego encarnó al lujurioso personaje, apoyándose además en el asombroso parecido entre ambos. El Emperador quería ver desnuda a su mujer la Reina y mientras conseguía el permiso de los canónicos palaciegos, se embarcaba en todo tipo de correrías amorosas. Felipe IV culminó sus encuentros encamándose con la bella Marfisa, una prostituta de lujo famosa en toda la capital. Cuando el Rey contempló en cueros a Marfisa, recostada en el lecho como una diosa, se quedó embobado. El atontamiento fue tan intenso y duradero, que Torrente Ballester le bautizó como el Rey Pasmado, y con este apelativo se quedó.

Asombrados quedaban los sevillanos cuando vieron a Juan Belmonte: trazaba arabescos en el ruedo y envolvía al toro con la muleta para convertir en arte la embestida del animal. En una de aquellas tardes, con el bravo muerto sobre la arena, iluminado por la luz dorada del atardecer, el maestro se ganó a pulso el calificativo de “Pasmo de Triana”. Belmonte había nacido en esa barriada de Sevilla, una reliquia de belleza andaluza asomada a la orilla del Guadalquivir, enfrentada a la Plaza de la Maestranza y a la Torre del Oro. Con el primer aire que entró en su pecho, el niño Juan aspiró también el perfume penetrante y empalagoso del toreo. El dios inmortal de la tauromaquia murió malamente: cumplidos los 70 años, refugiado en su cortijo de Utrera, el matador no pudo cumplir en la cama con una amiga rejoneadora. Sintiéndose humillado por tal fiasco, empuño una pistola star de calibre corto y se reventó la sesera. Le amortajaron con los hábitos del Cristo del Cachorro y con su cuerpo enterraron al “Pasmo de Triana”.

Mi tía Dorotea acabó pasmada en un pueblecito remoto de la Tierra de Campos. Los testigos de aquel suceso afirman que se le aparecía un Santo Varón a poco de enviudar. El fantasmagórico hombretón se presentaba cada noche y satisfacía cumplidamente sus apetitos más vulgares. Antes que clareara el día, confundido con las brumas heladas del páramo, se perdía en la chopera que hilvana el río. Sumergida en la somnolencia cálida del duermevela, Dora contemplaba con resignación campesina la fuga del visitante. El único vecino que sabía de tales apariciones era el cura del pueblo. La buena mujer se confesaba de los encuentros con el ánima aprovechada y el párroco perdonaba las faltas sin imponer penitencia alguna; entendía que no había pecado en las relaciones que Dorotea mantenía con el espíritu peregrino. Así fue como la apenada alivió la soledad y el aparecido sus ganas. Un mal día, reverdecidos los sembrados, el forastero de humo abandonó para siempre su acogedor refugio. La Dorotea se pasmó para siempre y su tribulación aún se cuenta en toda la comarca.

El catálogo de pasmos y pasmadas es mucho más amplio de lo aquí contado, y seguirá ampliándose con nuevos protagonistas, pero no creo que el episodio escenificado por Ana Botella pase a la historia.
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