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Navidad, negra Navidad

lunes 24 de diciembre de 2012, 00:00h
  
Era tradicional que tal día como hoy, conmovidos por el espíritu de la Navidad, prestáramos atención informativa muy especial a los desfavorecidos de la sociedad, a esas personas ancladas al otro lado del edén que vivían una Navidad triste, a solas con su soledad, lejos de las luces, del ambiente consumista, del frenesí festivo. Tal día como hoy nos ocupábamos de los sin techo, desarraigados de la familia, huérfanos de una sociedad opulenta; nos preocupábamos cómo pasarían la noche en los albergues de acogida; curioseábamos en el menú de su humilde Nochebuena; prestábamos atención a esas familias del tercer mundo urbano; nos adentrábamos en la miseria chabolista de los suburbios para compartir con ellos el hacinamiento de sus vidas.

Todavía hay sin techo, mendigos, marginados y chabolistas, pero las cosas han cambiado sustancialmente, la crisis económica ha precipitado el retroceso en las cotas del bienestar social. Hoy es día para poner nuestro acento informativo en muchas personas que hace pocos meses no pertenecían a esa legión de heridos por los efectos colaterales de la crisis. Hoy los sin techo no son vagabundos a la antigua usanza, los tradicionales menesterosos. Hoy en esa lista de personas sin techo están los que han sido arrojados a la calle por las circunstancias económicas del momento, los desahuciados de sus casas por no poder hacer frente a los pagos. Hoy, los que cenarán en albergues, centros de acogida o recibirán un menú de beneficencia, no son únicamente los tradicionales mendigos, los pobres de solemnidad, son los nuevos pobres nacidos del paro, del subsidio que se extingue, de la difícil supervivencia de familias enteras en cuyo seno se ha alojado ese huésped ingrato del paro, que no hay quien le eche.

Los chabolistas de estas Navidades no son únicamente los arrojados a los suburbios, son también los que viven en chabolas verticales, apiñados, hacinados, porque las circunstancias les hacen disponer de poco espacio para demasiada gente.

Desgraciadamente son Navidades para ocuparse no sólo de los  marginados de siempre, sino de cientos de miles de personas que sufren el paro, la pobreza, la desigualdad, la indiferencia, el desencanto; la mayoría, heridos por una crisis que solo hace un año por estas fechas, les tenían al otro lado de la angustia y hoy son parte de ella. No vale otra cosa que desear que los malos vientos cambien de rumbo y que la Navidad nos traiga al menos una bocanada de esperanza para seguir creyendo que de esta se sale. De esta se sale, como dicen los políticos que aún no sienten en sus huesos el frío cuchillo de la impotencia.
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