El viejo teatro neoyorquino de espectáculos arrevistados está a punto de caer bajo la piqueta. Un día antes de ser derribado para hacer un aparcamiento, el antiguo empresario reúne a sus estrellas de antaño para una gran fiesta de despedida. Generaciones de coristas –y sus parejas- rememoran los triunfos. Pero el teatro no es lo único que está en ruinas: los dos matrimonios protagonistas están a punto de ser abatidos por los celos, la desconfianza y el aburrimiento.
El espectáculo Follies se estrenó en Broadway hace 41 años. Ahora llega al teatro Español y todo huele a despedida, a fin de una etapa, a testamento escénico. Por parte de Mario Gas y su equipo, claro. Es un montaje unánimemente aclamado por los críticos madrileños y que tendrá una excelente acogida hasta el 8 de abril. A mí, después de verlo, me sigue pareciendo que Sweeney Todd es el mejor musical de Gas. Eso sin discutir la calidad de su actual trabajo. Que es una extraordinaria producción, no se discute. Que el elenco es brillante, tampoco. Que los entresijos de un teatro en trance de desaparición apasionen al público cotidiano… ya es más cuestionable.
En Nueva York, o en Londres, hay miles de espectadores apasionados por los musicales que conocen sus historias, sus compositores, sus estrellas y, por tanto, aprecian argumentos como este. En España, por mucho que hablemos en la última década del paraíso de los musicales, me temo que el público busca, generalmente, a Paloma San Basilio cambiándose de traje en cada número mientras se mueven colosales decorados. Y eso no pasa en Follies.
En la primera parte desfilan todas las estrellas invitadas con un número personal más o menos brillante, mientras se nos cuentan sus historietas. El ritmo sube y baja y en ningún momento alcanza una altura en la que instalarse hasta el final. El principal atractivo reside en la calidad de los intérpretes, excelente en todos y cada uno de ellos. Pero el ambiente sombrío de la escena, lóbrego casi, puede acabar fatigando. La cuidada iluminación parte del principio, no siempre seguido en espectáculos así, de que para crear oscuridad se necesitan decenas de focos a baja intensidad. Y aquí la semioscuridad solo se rompe en alguno de los números musicales.
Magnífico el vestuario y el aprovechamiento del espacio escénico. Hay que descubrirse ante el partido que se saca al limitado espacio del Español. Hay momentos especialmente brillantes: la mujer del espejo, la pelea a cuatro bandas de las parejas protagonistas y su transición a la revista pura y dura o la interpretación que hace Massiel de 'I’m still here'. Es una de las más hermosas canciones en la historia del musical universal y la que mejor refleja la lucha por sobrevivir de los artistas.
Dedico párrafo aparte a Asunción Balaguer, auténtico monumento teatral español. Solo por verla cantar y bailar en su tema 'Soy corista' se debe ir al teatro. Justamente el auditorio brama cuando la veterana actriz termina. En cinco minutos da un máster de interpretación. No pude menos que acordarme de que en ese mismo escenario, hace un cuarto de siglo, cinco grandes españolas (Isbert, Prendes, Redondo, Sancho y Bautista) ofrecieron otro recital memorable en Cartas de mujeres.
No hay sorpresa en la calidad de Vicky Peña o Muntsa Rius, pero sí en Carlos Hipólito que, hasta la fecha, solo había intervenido en un espectáculo teatral con algunas canciones, Historia de un caballo (2001). Aquí tiene un papel importante con varios números musicales y, desde luego, no defrauda.
Follies está llamado a ser una referencia en el género musical, versión castellana. Lástima que tanto esfuerzo (y tan abultadísima inversión) solo sea visible durante dos meses. Muchos madrileños, coproductores como contribuyentes de este teatro municipal, se quedarán sin verlo. Y será una pena.