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Los crímenes caravaggescos

Los crímenes caravaggescos

Por MDO
miércoles 11 de enero de 2012, 00:00h
Actualizado: 26/01/2016 11:22h
A finales del siglo XVI y comienzos del XVII, Roma formaba parte de los Estados Pontificios. La ciudad había superado el Renacimiento y aunque todavía era pronto para convertirse en una fastuosa muestra del mejor Barroco, ya empezaba a resplandecer como la nueva capital del cristianismo que anhelaban en la sede de san Pedro. Consagrada al espíritu de la Contrarreforma, todos los Papas -y, en especial, Sixto V- proyectaron una nueva concepción urbana que iba mucho más allá de trazar nuevas calles y levantar iglesias, era un cambio más profundo que afectaba a la moral de la sociedad y esa mentalidad conllevó una feroz represión de la delincuencia.
En ese contexto, muchos artistas de toda Europa acudieron a la ciudad eterna en busca de mecenas que financiaran su arte y su vida bohemia. Uno de ellos fue el colérico y pendenciero Caravaggio y, en torno a él, se reunió un círculo de amigos y enemigos que dejó un reguero de sangre, lesiones, denuncias, homicidios y violaciones, por toda Italia; una violencia que aún hoy podemos admirar en sus lienzos.

El crudo realismo con el que pintaba las escenas más violentas y ese marcado contraste entre luces y sombras -el tenebrismo tan personal de los cuadros de El Caravaggio- son el reflejo de los treinta y nueve años que vivió el pintor lombardo (Milán, 1571 | Puerto Hércules, 1610); una existencia convulsa marcada por su carácter pendenciero, turbio y discutidor -como le describieron sus primeros biógrafos- que le alejó de su familia y de cualquier
estabilidad profesional o personal, envolviéndolo en una dinámica de amenazas, denuncias y juicios, y huyendo siempre de la Justicia. El Caravaggio -uno de los pintores que mejor ha representado la muerte y el drama de la existencia humana- se llamaba Michelangelo Merisi, pero acabó formando parte de la historia universal del arte con aquel sobrenombre, en recuerdo del pequeño pueblo de Lombardía, de donde procedía su familia.

Para representar la muerte con tanta maestría, Michele no dudó en utilizar cadáveres que le ayudaran a posar para sus cuadros; así surgió la representación de María en El tránsito de la Virgen (muy polémico porque mostraba a la madre de Cristo hinchada y con los pies amoratados y descalzos; tal y como se encontró el cuerpo ahogado de la prostituta Lena que le sirvió de modelo) o el milagro de La resurrección de Lázaro (donde el pintor pagó a unos enfermeros del hospital de Mesina para que sostuvieran durante días un cadáver en plena descomposición). Sus cuadros escandalizaron al clero que los había encargado, considerándolos indignos, pero casi de inmediato eran comprados por las grandes fortunas europeas. Antes de que terminara el XVI, el pintor ya tenía las manos manchadas de sangre y pasó un año en una cárcel milanesa condenado por homicidio antes de escapar a Roma. Con el cambio de siglo, su fuerza creativa le procuró algunos éxitos artísticos, la protección de notables miembros de la Iglesia y la Diplomacia y -como era de esperar- sus primeros pleitos, arrestos domiciliarios y condenas en la prisión romana de Tor di Nona por llevar armas sin permiso.

En 1601, el joven Michele fue encarcelado por herir con un palo y una espada a un sargento del castillo de Sant’Angelo. Dos años más tarde, en septiembre de 1603, otro pintor -Giovanni Baglione- lo acusó de difamación en un juicio que levantó ampollas en la sociedad romana cuando El Caravaggio aprovechó la instrucción del sumario para despacharse a gusto contra otros pintores de la época, distinguiendo a los que saben hacer bien su arte de los que no tengo por buenos. Sin tregua, en 1605 hirió con un hacha en la cabeza a un escribano -el notario Pascualone d´Accumulo- que, afortunadamente, sobrevivió y no presentó cargos contra él; aún así, ni la suerte ni el apoyo de sus poderosos mecenas consiguieron evitar su condena a morir decapitado cuando intentó castrar a Ranuccio Tomassoni, el chulo de la prostituta Fillide Melandroni que solía posar para él, y el infeliz contrincante murió desangrado por las heridas en el mismo suelo del frontón donde habían estado jugando al trinquete. Fue el 29 de mayo de 1606 y, desde entonces, la sentencia que lo condenaba a la decapitación estuvo angustiosamente presente en muchos de sus óleos: la Cabeza de Medusa, David y Goliat, Salomé y Juan el Bautista, Judit y Holofernes...

Michele se fue de Roma y pasó el resto de su vida creando sus mejores obras mientras se forjaba su leyenda de pintor maldito, huyendo de una ciudad a otra: Génova, Nápoles, La Valeta (donde fue encarcelado por organizar una reyerta pero logró fugarse), Siracusa, Mesina, Palermo... En 1607, de regreso a Nápoles, por aquel entonces territorio español, unos desconocidos le propinaron una paliza que le dejó el rostro desfigurado. Tres años más tarde, cuando estaba a punto de que sus mentores le consiguieran el perdón papal por el crimen del frontón, el cadáver de El Caravaggio apareció en la playa de Puerto Hércules; probablemente, víctima de la malaria que azotaba la costa.

A pesar de su constante huida de la Justicia y de su vida -a veces rocambolesca, pero nada ajena a lo que resultaba habitual en los ambientes bohemios de aquel tiempo- el genio antiacadémico de este artista del tenebrismo marcó la línea que seguirían muchos otros pintores posteriores de la talla de Velázquez, Zurbarán, Rubens o Rembrandt.

Carlos Pérez Vaquero
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