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Un nuevo modo de vida

Un nuevo modo de vida

Por Fernando Jáuregui
jueves 27 de octubre de 2011, 00:00h
Actualizado: 14/11/2011 21:11h
A menudo digo a mis hijas que ellas no podrán vivir como han vivido hasta ahora. Que las cosas han cambiado y que posiblemente ya no volverán a ser lo que fueron, porque hemos entrado no en una época, sino en una era diferente. Y ello afecta a todos los órdenes de la vida: el gasto y los ingresos, el ocio, la seguridad y permanencia en el trabajo, los modos de ejercer y exigir la democracia y, lógicamente, el transporte. Fue uno de los grandes pensadores de este siglo, Tony Judt, quien, en ‘algo va mal’, su obra póstuma (falleció el año pasado), resaltaba la importancia social del ferrocarril. Es, sin duda, la gran solución al desplazamiento desde lo que se llamó ciudades-dormitorio hasta los centros de trabajo en la gran urbe, y viceversa. Porque ya no cabe pensar en el transporte individual en automóvil –al menos, en los actuales automóviles, de gasolina y de considerable tamaño—de manera masiva, cuando la tendencia en las ciudades va hacia la restricción del vehículo privado, tanto en el centro como a la entrada en las urbes desde las urbanizaciones cercanas.
 
No entraré en si el sistema me parece o no justo; las limitaciones a la circulación de los vehículos privados conllevarán sin duda importantes cambios en las estructuras económicas y productivas. Las fábricas de automóviles serán cada vez menos fuente de empleo, porque se consideran un bien cada vez menos imprescindible, al menos como herramienta para desplazarse cotidianamente al trabajo (otra cosa es el ocio de fin de semana).
 
“Chatarra rodante”
Los principales urbanistas contemporáneos, como el gran arquitecto español Jerónimo Junquera, piensan seriamente que la modernidad y la calidad de vida de los ciudadanos dependen cada vez más de la calidad del transporte y de la extensión de los centros de disfrute de la ciudad, que no puede estar invadida por la “chatarra rodante”, en frase, quizá excesiva, de Junquera. Pero lo cierto es que la importancia del transporte colectivo en general y del tren de cercanías en particular se ha impuesto de manera definitiva. Es algo que en los países europeos más desarrollados –y no pienso solamente en Gran Bretaña- lleva muchos años formando parte de la cotidianeidad de los ciudadanos.
 
En España, el desarrollo del tren de cercanías ha sido más lento, pero en ciudades como Madrid se ha impuesto y afecta ya a casi la mitad de los desplazamientos cotidianos al centro de la capital desde las ciudades y urbanizaciones periféricas; qué duda cabe de que el aumento de la calidad y usabilidad de los trenes y el paralelo encarecimiento del petróleo han sido los factores determinantes de esta transformación en los modos de vida. La bicicleta gana terreno en los desplazamientos urbanos y el tren de cercanías arrasa en los interurbanos.
 
Siguiendo a Judt, al final el tren en un centro de convivencia y de cultura, una recuperación de tanto tiempo perdido, de la misma manera que la estación ferroviaria es un espacio multiuso. Creo que entre los españoles se ha impuesto ya esa nueva mentalidad que predica una mayor austeridad y rigor en el transporte y nuevas pautas en el ocio.
 
NO estoy, desde luego, abogando por la desaparición del vehículo privado, que es un factor de libertad individual; pero cada cosa requiere su momento y su oportunidad. Creo que, aún mejor que yo, que he sido quien les ha lanzado el mensaje, mis hijas saben perfectamente que aquellos grandes atascos de vehículos aglomerados en las horas punta a la entrada de las ciudades, van a pasar, deben pasar, a ser algo superado. Y ello, lejos de significar cualquier forma de retroceso, sería un enorme avance en la trayectoria de cada uno de nosotros.
 
 
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