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Crítica teatral.-La caída de los dioses: masacre del repollo

Crítica teatral.-La caída de los dioses: masacre del repollo

viernes 26 de agosto de 2011, 00:00h
Actualizado: 29/08/2011 12:24h
En este comienzo de la temporada 2011-2012 se estrena uno de los espectáculos más ambiciosos. O más caros. 'La caída de los dioses', adaptada y dirigida por Tomaz Pandur. Va a estar hasta el 25 de octubre en las Naves del español para alegría de los cultivadores de repollo.
Llevar al teatro una monumental película tiene sus riesgos y el responsable los padece todos. Para comenzar, aconsejamos ir al teatro después de haber visto la película o correrá el riesgo de no enterarse de nada. Porque quien no conozca la historia, no sabrá por la narración el parentesco de los protagonistas, el significado de la escena de la muñeca o por qué se pelean en calzoncillos Konstantin y Aschenbach. También se desconcertarán con las dos escenas en las que parecen decirnos que estamos ante el ensayo de una producción teatral. La segunda de ellas sirve para desactivar totalmente el dramatismo del final. Como nos han cortado la acción, perdemos la emoción.  Tal vez sea lo que pretende Pandur.

Luego esta lo de la audición. En todos cada uno de los 120 minutos de función hay un acompañamiento de piano a un volumen excesivo. Por eso el público no oye los diálogos. Y estar dos horas sin apenas saber qué dicen los personajes puede provocar un aburrimiento mortal. E irritación. Y conste que el joven pianista lo hace estupendamente.

Estamos ante una producción cara. Tal vez muy cara. Solo con lo que ha debido costar la hermosa maqueta de la acería, un empresario privado se paga una modesta puesta en escena. Con lo que vale la tela-espejo, otro tanto. Y no digamos con lo que se ha debido pagar por el bellísimo vestuario, especialmente esplendoroso para Belén Rueda. Pero esto nos llevaría a otras consideraciones.

El caso es que estamos ante una acción que semeja a una proyección cinematográfica. Hay una pantalla de fondo ante la que actúan los personajes. Todos los cambios escénicos se hacen sobre un tapiz rodante, siempre de derecha a izquierda del espectador. Y con bastante ruido entre cajas.
Pandur crea algunas imágenes impactantes. Es de justicia reseñarlo. El banquete inicial nos introduce fielmente en la aristocracia alemana pre-nazi. Luego logra buenos momentos, como la proyección de los archivos nazis o la boda. También algunas escenas bordean el ridículo o se introducen plenamente en él. Como la masacre de repollos que perpetra Belén Rueda, anulando por completo el drama de su ¿prima? Talmann. Una docena de hermosos repollos triturados a golpe de cuchillo en cada función. ¿Por qué? ¿Para qué? Asumiendo mi escasa inteligencia, no logré averiguarlo. Sí creí ver en la parodia de striptease de los generales del ejército y de la SA una metáfora de la noche de los cuchillos largos (30-6-1934). Supongo que como el presupuesto no alcanzó para contratar un par de docenas de figurantes, lo han resuelto con este mano a mano, perdón, cuerpo a cuerpo.

También me pregunto por qué, si todo el diálogo es castellano, los saludos y despedidas las dicen en alemán.

Muchos actores sienten pasión por Pandur como director y hacen lo que les pida. A mí me da la impresión de que para este creador los intérpretes son meros elementos de atrezo y que, por eso, los puede casi torturar. Los obliga a gritar, a berrear, a saltar, a pegarse, a desnudarse… Y con todo eso no logra interpretaciones espectaculares. Pero los actores, al menos, acabarán con una excelente forma física después de tanto esfuerzo durante toda la temporada.

No deja de ser significativo que el único mutis que se aplaudió la noche del estreno fue el de Emilio Gavira tras cantar –travestido- el vals de La viuda alegre. Este actor, y Fernando Cayo, son los que más se acercan a un trabajo contenido y sobrio. Los otros, pobres, bastante tienen con salir ilesos de la función.

Seguramente La caída de los dioses tendrá éxito de público. Pero uno se queda con un regusto amargo tras comprobar que este tremendo trabajo no tiene un resultado más satisfactorio, más coherente, más emocionante. El advenimiento del nazismo y la complicidad con él de las clases pudientes alemanas es tan impactante que merece ser contado de una manera más visceral. Como lo hizo Visconti en su película.
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