martes 14 de junio de 2011, 00:00h
Actualizado: 22/06/2011 12:38h
Integrantes de una cacerolada que reivindicaba la celebración de actuaciones musicales en las fiestas del Orgullo Gay se presentaron en el domicilio particular del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, para recriminarle las limitaciones de ruido y horario que ha impuesto el Ayuntamiento a esta celebración. El primer edil salía a sacar a su perro en ese momento con su esposa. Tal y como puede observarse en los vídeos que han corrido por las redes sociales, la multitud rodeó al primer edil. Comenzó a pitarle, a increparle e insultarle. Finalmente, el líder popular consiguió hacerse oír: "Aquí viven mi mujer y mis hijos. Hacerle esto a mi mujer y a mis hijos no es justo. Mañana...". En ese momento, regresaron los gritos, pitidos e insultos. Al día siguiente, las asociaciones que organizan el MADO condenaban la actitud de los manifestantes.
No sé hasta qué punto el Orgullo ha pasado de ser un movimiento ciudadano pacífico por las libertades sexuales a convertirse en un reclamo comercial y turístico de fiesta, música y alcohol. Forma parte de las atribuciones municipales considerar si la fiesta está por encima del descanso o viceversa, y de acordar con las partes una solución adecuada para todos.
Sin embargo, la convivencia supone que una parte de un barrio no puede imponer a toda la vecindad sus fiestas, por mucho que traigan dinero, proyección internacional o una imagen de zona abierta a la identidad sexual. El Orgullo no puede arrollar el orgullo de un barrio de Justicia que existía mucho antes que este movimiento, ni el de unos vecinos que les apoyaron en sus reivindicaciones cuando en este país no había tanto respeto por sus libertades.
La agresión verbal al alcalde en su propia casa es el siguiente paso de una filosofía peligrosa: la de pensar que en la calle todo vale. Que los manifestantes pueden ampararse en la masa para saltarse los cauces habituales de reivindicación, que poseen una extensa jurisprudencia para permitir una larga lista de cosas por defender los derechos de los ciudadanos. El alcalde tiene su despacho para recibir las críticas. En su vivienda, tiene derecho a su vida privada sin acosos. Tanto derecho como los vecinos a dormir y a divertirse, siempre que eso no suponga una molestia para el prójimo. El respeto a la libertad del otro es un principio de libertad que deben garantizar las administraciones y cada ser humano. Si no, la sociedad se convierte en la jungla. O peor, en la oligarquía de los 'lobbys' que se piensan con las manos libres para todo.
Es triste que algunos descerebrados manchen la imagen de un movimiento como el LGTB, que ha luchado por ganarse el respeto y la aceptación de la sociedad. Son la vergüenza del Orgullo. Ojalá la fiesta demuestre que ese respeto tiene doble dirección.