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Oleanna: pensamiento fanático

Oleanna: pensamiento fanático

domingo 29 de mayo de 2011, 00:00h
Actualizado: 31/05/2011 12:29h
Veinte años después de su estreno absoluto, 'Oleanna' es una pieza teatral inquietante y más actual que entonces. El fundamentalismo de Carol, la joven universitaria  abducida por 'el grupo' para librar una cruzada contra todo lo que no sea como ellos quieren, está presente en las sociedades occidentales.
Carol acude, se supone, a pedir ayuda a John, su maduro profesor. Pero, realmente, quiere destruirlo física y sicológicamente. La joven ya le advierte muy pronto de que es mala, pero el adulto no se da por enterado, posiblemente ensoberbecido por su posición de poder. Y pasa lo que pasa. Es un dramático combate en tres tiempos. En el primero -y más pesado-, los púgiles hacen escaramuzas de calentamiento. Un tanto embarulladas y reiterativas. En el segundo, ya vemos claramente quien lleva la iniciativa de la pelea y el espectador comienza a removerse inquieto. Y en el final llega el K.O. con una de esas maniobras teatrales magistrales que nos cuidamos mucho de revelar. A esas alturas se supone que el público ya ha tomado partido por uno y otro.

Pero la mente perversa de Mamet creó dos criaturas a las que podemos apoyar alternativamente. Ninguna es lo suficientemente terrible como para odiarla. Hay cosas en el discurso de ambos que pueden suscribirse. Y, por lo mismo, no pueden rechazarse taxativamente. El público sabe realmente lo que ha ocurrido en el despacho del profesor. Por eso los ataques de Carol le desconciertan y le golpean directamente en el estómago. Un espectador joven se pondrá, seguramente, al lado de Carol. Los adultos simpatizarán con John. David Mamet arremete, eso sí, contra todo tipo de fundamentalismos. Contra la dictadura de lo 'políticamente correcto'. En ese sentido, Carol es absolutamente odiosa. Pero advierto, yo estoy entre los maduros.

Oleanna es una pieza para dos actores distanciados en el tiempo. William H. Macy y Rebecca Pidgeon fueron sus primeros intérpretes. En España, Blanca Portillo y Santiago Ramos la presentaron por primera vez. Ahora, profesor y alumna son José Coronado e Irene Escolar. El montaje de la sala II del Teatro Español nos permite disfrutar muy de cerca con su trabajo. John es un personaje fácil hasta que su rival le descoloca. Cuando el mundo de triunfador se le hunde, aparece el desconcierto y la catarsis. Coronado tiene oficio y, quizá, peca un poco de contención. Seguramente el director no habrá querido cargar las tintas. Irene Escolar, trece años después de su precoz debut escénico, encuentra su primer gran papel protagonista. Desde el primer minuto su Carol da miedo. Sabemos que va a hacer algo, pero hasta bien avanzada la función no sabemos qué. La suya es una interpretación hermética, con chispazos de rabia que sobrecogen. Pero es en los minutos finales cuando saca todo su potencial dramático para infligir a su víctima un castigo tan contundente que le permite, al fin, lograr su objetivo al cien por cien. Los actores son aclamados tras hora y media de tensión y hasta dan ganas de acercarse a ellos -tan próximos los tenemos- y decirle a Carol: "Pero ¡Qué hija de puta eres!" Y a John: "Eso te pasa por fiarte de las jovencitas". Pero nos conformamos con el aplauso.
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