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Los paisajes que ya no miramos

Los paisajes que ya no miramos

lunes 23 de mayo de 2011, 00:00h
Científicos de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) demuestran que el crecimiento metropolitano genera una significativa pérdida y degradación del patrimonio de la ciudad, fruto de la visión parcial y simplista que se tiene del espacio urbano. 
¿Cuál es el límite de las metrópolis actuales?, ¿dónde termina Madrid?, ¿hasta dónde se extiende Barcelona? Una respuesta evidente y más que correcta sería -hasta el límite municipal-. Sin embargo, ésta puede ser una respuesta errónea, ya que el área de influencia de las grandes metrópolis ha sobrepasado ampliamente las divisiones políticas trazadas en mapas y planos. Actualmente no es extraño vivir a más de 50 kilómetros de nuestro puesto de trabajo, pagando nuestros impuestos en un municipio lejano, pero no ajeno, al que alberga nuestra oficina, comercio o fábrica.

Estas preguntas que se responden correctamente o incorrectamente con múltiples respuestas surgen al inicio de las reflexiones subsiguientes al planteamiento de cualquier investigación, y en este caso del estudio sobre los cambios generados por las nuevas intervenciones urbanas en las ciudades históricas desarrollada por investigadores del Grupo de Investigación “Turismo, Patrimonio y Desarrollo” de la Universidad Complutense de Madrid.

Un primer acercamiento al tema llevó a la conclusión de que era necesario entender cuáles eran las dinámicas urbanas que se estaban produciendo actualmente en el mundo occidental, ver hasta dónde llega la mancha urbana, la influencia de la gran urbe y cómo afecta dicha extensión a los núcleos próximos. De esta forma se encadenaron una serie de estudios paralelos, plasmados en algunas aportaciones a congresos, acerca de la forma de expansión de la ciudad y las implicaciones socioterritoriales de dicho proceso.

La idea de que las grandes ciudades son cada vez más grandes y su expansión más acelerada no es nueva, de hecho en Geografía llevamos décadas hablando de los procesos de metropolitanización, suburbanización y otros muchos conceptos que comienzan con metro, meta; contienen poli o urba y suelen finalizar con –ción. No obstante, en la definición de estos procesos se suele obviar el hecho de que la ciudad es un paisaje, un paisaje casi ideal, puesto que el paisaje es la adaptación o la forma de actuar de una sociedad sobre un territorio para sentirse a gusto en su entorno; es la decoración que hacemos de nuestro espacio cotidiano.

Este espacio está compuesto por diversos componentes; tenemos costumbre de conservar algunos heredados de inquilinos previos: trazados medievales, ensanches, grandes avenidas, edificios representativos... Estos elementos que constituyen las almendras centrales de nuestras grandes urbes, suelen combinarse con una decoración más moderna y adaptada a la moda actual, que llega a Europa desde el otro lado del Atlántico. Como si de una tendencia se tratara se llevan urbanizaciones en la periferia y edificios de autor en las zonas centrales: un Moneo, un Foster o un Calatrava son pretendidos por los alcaldes, presidentes y otros mandamases para revitalizar espacios antaño dinámicos y ahora destinados a, en el mejor caso, albergar a la administración, museos y a algunos antiguos moradores que tratan de recordar un pasado mejor en el que no tenían que recurrir a los grandes centros comerciales para ir al cine.

La nueva metrópoli, dibujada por la globalización y sus procesos económicos y sociales asociados, es por tanto un collage de elementos de distintas épocas en el que la expansión de las periferias está generando la pérdida del protagonismo de los centros por la emergencia de nuevas centralidades en los nuevos crecimientos. Las periferias ofertan el contacto con la naturaleza anhelado por los urbanitas, la tranquilidad, el jardín en el patio de atrás, el poder dejar a los niños en la calle sin peligro… Sin embargo, la generalización de este modelo acarrea para su mantenimiento un ingente consumo de territorio, una transformación del erial y la dehesa en un paisaje banal y repetitivo, plagado de verdes cuasi-sintéticos y pareados con piscina. Una proliferación de centros comerciales que compensen la carencia de panaderías y pescaderías debajo de casa, y cines y recreativos a la vuelta de la esquina. Un incremento de las infraestructuras demandado por una sociedad que debe moverse para vivir. En resumen, una pérdida de la calidad paisajística que demandaban aquellos que buscaban la naturaleza al periferizar sus vidas y que recoge un documento tan significativo como el Convenio Europeo del Paisaje.

Ante nosotros se plantea ahora la elección final, el punto de no retorno: optar por el modelo que consume nuestro territorio hasta convertirlo en un mosaico de teselas idénticas, o tratar de recuperar espacios que han entrado en el olvido. En nuestras manos está el rehabilitar los elementos del paisaje que ya no miramos: antiguas fábricas situadas en lo que fue periferia en el XIX; cuarteles que cambiaron los soldados por el musgo; barbechos que ocultamos tras vallas publicitarias en las carreteras que nos comunican con la naturaleza; centros invadidos por el turismo, el comercio y el ocio nocturno…

Los nuevos paisajes son, sin duda, reflejo de nuestra sociedad -como lo son las murallas de la sociedad guerrera de la Edad Media o el trazado ortogonal de los ensanches de la sociedad industrial del XIX-. Son la respuesta a las demandas de muchos. Sin embargo, la expansión de las periferias, su conversión en espacios banales y la transformación funcional de los centros está generando que la población sienta cada vez menos apego por su entorno cotidiano, ya que se compone de multitud de lugares de uso temporal, lugares que serán olvidados antes de poder ser sentidos. Paisajes de una sociedad nómada, una sociedad que ya no mira a su entorno, que pasa sin observar sus paisajes cotidianos y que busca otros nuevos que admirar: más verdes, más antiguos, más modernos, más lejanos…



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