martes 19 de abril de 2011, 00:00h
Actualizado: 25/04/2011 08:15h
Me regala Esperanza Lemos una extraordinaria fotografía de su abuelo, el gran Carlos Lemos, caracterizado como Cristo crucificado. No hemos podido datar la foto, pero me sirve para recorrer algunos ejemplos de cómo la Pasión fue llevada a escena por los hombres del teatro. Eso sin dejar de recordar que, hasta bien avanzado el siglo XX, los telones bajaban obligatoriamente durante la Semana Santa.
La recreación de los últimos días de Cristo ha sido –y es- un acontecimiento popular. No son pocos los pueblos españoles que, con sus vecinos, convierten calles y plazas en los escenarios de la Pasión. Seguramente la más popular sea la Passió d’Olesa. Desde el siglo XVI (1538) según sus documentos, se viene representando en Olesa de Montserrat, habiendo derivado de una ceremonia religiosa a un auténtico montaje teatral. No menos popular en Cataluña es la Pasió d’Esparraguera, recuperada popularmente en 1860, aunque también se tienen documentos de su origen en las primeras décadas del siglo XVII. Su respeto, como todas las puestas en escena populares, a los textos oficiales del catolicismo les ha permitido sortear cualquier tipo de prohibición religiosa o civil. No fue tan sencillo llevar la Pasión a un teatro “comercial” cerrado como si se tratara de un espectáculo más.
Enrique Rambal (Utiel, 1885-Valencia, 1956) fue en el siglo XX el gran mago de la maquinaria teatral. Sus espectáculos desbordaban imaginación y trucos. Uno de sus papeles más truculentos fue el de Cristo en las escenas de la Pasión. El año 1926 estrenó en el teatro
Calderón (todavía se llamaba Centro) “El mártir del Calvario”, de Grajales y Gómez de Miguel. No le fue fácil sortear la prohibición ante lo delicado del argumento. Pero logró, tras diez días de negociaciones, todos los permisos y estrenó. Este actor, que creaba en un gran taller valenciano sus efectos escénicos, lo mismo representaba “20.000 leguas de viaje submarino” que las aventuras de Miguel Strogoff. En este “auto sacramental moderno” como lo calificaron para no herir susceptibilidades, se representaba desde la Última Cena, hasta el Descendimiento, pasando por el ahorcamiento de Judas. Para la muerte de Cristo no ahorraba sangre artificial y tormentos. Sin embargo la profesión teatral le atribuye al actor una anécdota repetida hasta la saciedad.
Cuentan de oídas –no queda casi nadie que lo viera en ese trance- que Rambal tras pronunciar dramáticamente las últimas palabras de Cristo, “Padre, en tus manos encomiendo mi espítu”, expiraba entre sollozos del respetable. Pero instantes después “resucitaba” inopinadamente y clamaba: “Mañana repetimos la Pasión a las cinco y a las siete”. Y es que, el negocio es el negocio. Murió con poca espectacularidad: atropellado por una motocicleta en Valencia.
No han abundado las representaciones de este drama religioso en el teatro. Ha sido la música el arte que, a lo largo de los siglos, ha narrado la historia sagrada, desde La Pasión según San Mateo de Bach (1729) o La Siete Palabras de Jesucristo en la Cruz, de Haydn (1786) hasta Jesucristo en la Cruz (Fernando Remacha, 1963) las grandes orquesta sinfónicos y los coros más nutridos han interpretado los textos religioso con partituras excepcionales.
Hoy los teatros mantienen su programación regular sin recordar que hasta poco más de treinta años, la temporada invernal terminaba el Miércoles Santo y el Domingo de Resurrección todas las salas estrenaban un nuevo montaje.