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Tierno en la memoria

Tierno en la memoria

miércoles 19 de enero de 2011, 00:00h
Sorprende que hayan pasado ya 25 años desde que Madrid se echó a la calle para despedir al que, sin grandes equipos de comunicación y sin costosas campañas de imagen, se había convertido en su mejor alcalde. Y sorprende más que, 25 años después, muchos de los madrileños que hoy cuentan con más de 45 años —e incluso de 30— aún recuerden con cariño a Enrique Tierno, un personaje que a todos asombraba, pues parecía salido de principios del siglo XX, con su traje gris, unas gafas que le cubrían unos ojos miopes pero escrutadores, unas manos que proclamaban que su trabajo principal había sido pasar las páginas de los libros que él decía que había que leer como las gallinas —es decir, levantando la cabeza para meditar sobre lo que se acababa de leer— y esa voz que no necesitaba elevar para dejar clara su posición, por muy dura que esta fuera.

Recuerdo que conocí a Tierno en el inicio de la campaña electoral que le llevaría en 1979 al sillón de la alcaldía. Pronto me di cuenta de que bajo ese aspecto de señor amable y distraído se escondía un luchador. Para entonces ya lo sabían las autoridades franquistas que en 1958 decidieron, tras haber sido uno de los oradores en una comida organizada por los liberales, multarle con 25.000 pesetas y en 1965, tras una protesta estudiantil, le prohibió ejercer su cátedra. Lo sabían ya sus oponentes, que huían del ácido verbo de este político que cuando se proponía algo lo conseguía con una enorme perseverancia;  lo sabían ya sus compañeros, que no habían logrado que el Partido Socialista Popular de Tierno concurriera dentro del PSOE a las elecciones de 1977, y lo iban a saber sus concejales, a quienes llamaba a las ocho de la mañana para que mandaran arreglar un bache con el que se había topado camino de la plaza de la Villa o un semáforo que no funcionaba, lo que en algunos casos motivaba, además, una amable reprimenda por no haber llegado a esa hora al despacho.

Tierno, tras comprobar que no iba a poder ejercer un gran papel en la política nacional como hubiera querido, centró en Madrid todo su interés. Y ello ocurrió en un momento clave para la ciudad. Los madrileños, tras 40 años de abandono, necesitaban recuperarla. Y Tierno, que sabía escuchar, que tomaba nota de las demandas de sus interlocutores, que le encantaba ser rodeado por los vecinos durante sus paseos, les dio las herramientas. Bajo su mandato fue aprobado un nuevo Plan General de Ordenanción Urbana y un Plan de Protección y Conservación de Edicios Histórico Artísticos que puso fin al goteo de demoliciones de palacios e inmuebles singulares; puso en marcha la Operación de Regulación de Aparcamiento, antecedente del SER; inauguró la Unidad Alimentaria de Mercamadrid; comenzó la rehabilitación del distrito Centro; potenció la remodelación de barrios; impulsó la construcción de siete depuradoras, lo que le permitió echar carpas y patos al Manzanares; cerró al tráfico el paseo de Coches del Retiro; descentralizó el poder municipal en las Juntas de Distrito y, sobre todo, creó las condiciones para que Madrid se apoderara de una calle que le había sido arrebatada cuatro décadas antes.

De esta forma se recuperaron fiestas tradicionales que parecían perdidas, se organizaron todo tipo de conciertos y verbenas, se potenció la cultura urbana y se impulsó un movimiento, la movida madrileña, que, a pesar de surgir sin estructura, llegaría a convertirse en la imagen cosmopolita del nuevo Madrid.

El viejo profesor que era capaz de hablar al papa en latín, que no tenía problemas en aparcar su agnosticismo para presidir las procesiones, que no dudaba en invitar a los jóvenes a colocarse y estar al loro —lo que le convirtió en objetivo de la derecha—, que reconvenía a los madrileños con bandos arcaicos y llenos de humor, tuvo claro desde el principio cuál debía ser su papel al frente de la alcaldía. Se propuso devolver la ciudad a los madrileños; algo, según parece, demasiado revolucionario para que fuera continuado. No es extraño que los madrileños aún le recuerden.
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