lunes 01 de noviembre de 2010, 00:00h
Actualizado: 11/11/2010 20:15h
Tengo la sensación de vivir al borde de un precipicio. La idea de que todo a mi alrededor está a punto de cambiar para siempre. Tal vez tenga algo que ver el hecho de que desde mis ventanas veo cada día cómo una enorme excavadora va demoliendo el edificio contiguo. No sé. Pero corren tiempos extraños, en los que nada es lo que parece.
Está cambiando nuestro mundo: desde el punto de vista económico, ya estamos viendo que el modelo seguido hasta ahora está agotado, y los intentos por recuperarlo no están dando frutos. Las relaciones sociales también cambian: empiezo a tener una edad en la que noto las distancias con las siguientes generaciones: nuestros hijos se divierten de otro modo, se relacionan de otro modo con sus amigos, aprenden y adquieren conocimientos de otra manera; sólo hay que dejarles unas horas buceando por la red para que nos sorprendan con imágenes, vídeos o músicas que ni sabían -ni sabíamos- que existían sólo un día antes. Investigan, buscan, aprenden, comprueban... no esperan a leerlo en libros o a que alguien se lo señale. Los colegios ¿no parecen obsoletos, con su pizarra y sus tizas, y sus filas de sillas alineadas? ¿No resulta sencillísimo imaginar otro tipo de aulas, con tecnologías ad hoc y con una relación profesor-alumno menos encorsetada y más interactiva?
¿Y los trabajos? Hace mucho se acabó aquello de entrar en una empresa y jubilarse allí al cabo de 40 años de servicios, con un reloj de oro en la muñeca y una cena de ex-compañeros. Ahora, se cambia -por fuerza- de empresa, existe el teletrabajo, y la actividad empresarial autónoma crece entre quienes no quieren someter su creatividad a un trabajo por cuenta ajena, y también entre quienes no tienen otro camino para poder sobrevivir.
Hasta lo más cotidiano, como la televisión, está a punto de cambiar de arriba abajo. Los jóvenes ya no la ven igual que nosotros: nada de consultar la programación y ver qué ponen hoy, y a qué hora: ellos eligen las series que les gustan y las bajan directamente en Internet: las ven cuando quieren, por el tiempo que quieren, sin cortes publicitarios ni contraprogramación.
A Copérnico le costó críticas y disgustos plantear y demostrar que la Tierra se mueve. A Galileo, algunos años después, la misma idea le llevó ante la Inquisición. A los simples mortales que hoy vivimos nuestro particular tsunami socio-político-laboral-económico-vital, sin duda nos incomoda notar que el suelo se mueve bajo nuestros pies. Eppur si muove…