Un día después de cumplir los 70 años, Orson Welles está encerrado en un estudio de radio grabando anuncios comerciales, acompañado solamente por el técnico de sonido. Espera una llamada de Spielberg para intentar terminar su Don Quijote. En este escenario Richard France sitúa la acción de la obra Su seguro servidor: Orson Welles. Pero el atractivo mayor de este montaje es José María Pou.
El autor ha cosido una colección de anécdotas del gran director y actor para trazar un retrato póstumo del mismo. Destila humor suave, melancolía y fracaso. La enorme figura de Welles fue mucho más que esta recopilación biográfica tipo Reader’s Digest. Resulta mucho más atractiva la segunda parte

del espectáculo, cuando Welles-Pou se adentra en reflexiones más humanas y combativas, cuando se acentúa el paralelismo entre el personaje y las figuras de Don Quijote y Sancho. Los cinéfilos gozaran con las numerosas referencias a los directores, actores y productores de Hollywood. Además estamos ante una cuidada producción que consigue una atmósfera íntima gracias a la iluminación y a un excelente acompañamiento sonoro.
Hace casi treinta años el actor José María Pou intervino en varios montajes estrenados en el teatro Bellas Artes: El sombrero de copa (1982); Casa de muñecas (1983) y El Barón (1983). Era entonces un intérprete apreciado por los directores pero de escasa proyección popular. Tres décadas más tarde Pou ha regresado al que fuera hogar teatral de Tamayo convertido en un puntal de la escena española. El personaje de Welles parece cortado a su medida, aunque para ello tenga que someterse a un cuidado trabajo de caracterización. Pero cinco minutos después de comenzar esta especie de monólogo a dos (ya lo sé: es una incoherencia…) nos creemos que es Orson, que estuvo casado con Rita Hayworth y que estuvo cenando con Spielberg la noche anterior.
El actor hace una formidable composición que llega al climax cuando ve que su sueño de acabar El Quijote se desmorona. Pou va hipnotizando al espectador

con un dominio del oficio interpretativo envidiable. Cuando se tiene un arquetipo como Welles es muy difícil no caer en el exceso, no hacer una caricatura. Y el protagonista tiene la justa medida, así como el control absoluto de los silencios, algo tan importante en el ritmo teatral como los diálogos. En escena vemos a un hombre derrotado, no al director que revolucionó el cine con Ciudadano Kane. El joven técnico de sonido –Jaume Ulled- actúa de frontón, de confidente casi anónimo del genio, de reflejo de su decadencia. Este técnico, con el uso de su tecnología de sonido, quita la venda a Welles: sigue siendo el personaje porque alguien cuida su figura para ocultar la decadencia. Al final sólo quedan los ideales, los sueños aunque sean incumplidos. Orson Welles queda para la gloria, pero Richard Welles tiene que agachar la cabeza y asumir que su tiempo pasó. Entonces José María Pou, mientras recibe las ovaciones, desmonta su personaje mostrándonos en los saludos la botarga que le ayuda a realizar su trabajo y recuperando su condición de actor.