España rompió su mala racha no tanto cuando Iniesta le metió el gol a esos karatecas disfrazados de futbolistas holandeses, si no cuando Iker besó a Sara. A partir de ahí cambió el rumbo de nuestra historia, por supuesto que para mejor.
El beso tuvo mucho éxito porque parecía un cartel de película de aquellos que se exhibían en La Gran Vía cuando era la avenida de los cines, no ahora que es la calle de las franquicias y del café en vaso de plástico. Iker-Gable besó a Sara-Gadner y todos aplaudimos a la pantalla porque entendímos que había llegado el “The End”.
“Pedorreces” como San Valentín y esa moda en enviar mensajes a través del teléfono nos han hurtado la posibilidad de disfrutar de los “besos de autor”, es decir la manera de romper los esquemas cuando menos se puede esperar. A Iker no le ha hecho falta que el cura/concejal, (ya sea el matrimonio por lo civil, o por “lo militar”), le dijera: “ya puede besar a la novia”. El Príncipe y Letizia perdieron su ocasión, él podía haber besado a su chica en pleno Telediario lo cuál hubiera sido un notición de altura y que la gente habría agradecido de manera muy entusiasta, aunque a Urdaci se le empañaran las gafas.
Sobran historias de mala leche y palabras mal sonantes, así que reivindicar el “beso de autor” me parece un acierto. Eso fue lo mejor de la película de Johannesburgo porque la banda sonora, la de la Charanga de la Vuvuzela, fue un tostón.
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