Por
Pedro Fernández Vicente
miércoles 30 de junio de 2010, 00:00h
Actualizado: 08/07/2010 14:41h
El transporte de pasajeros en Madrid es una parte esencial de la movilidad de la ciudad y de la contaminación que puede trasladar a otros puntos de la geografía, en caso de colapso o caos. Si se deteriora el movimiento libre lo hace también la calidad de vida y, de alguna manera, la seguridad en sus diversos aspectos. Una comunidad con cinco millones de habitantes necesita el transporte como medio de vida, y no solo para el traslado de pasajeros, sino de alimentos, medicinas, enfermos y demás. Paralizar el ir y venir diario es situarse contra la convivencia pacifica. Y eso es lo que hace la huelga salvaje del metro en la capital y más allá, porque el metro madrileño no sólo comunica los distintos puntos de la gran ciudad.
Convocar y mantener un paro de estas características al margen de la ley, en el transporte subterráneo, sin ningún tipo de control ni servicios, es provocar un caos en la ciudad, tal y como ha ocurrido, y un daño intolerable a todo lo que se mueve dentro de ella. ¿Qué respeto se puede sentir por alguien que propone no respetar las leyes democráticas que hemos hecho entre todos?.
Hacer huelga es legítimo y necesario. Utilizar los servicios que la sociedad pone a nuestra disposición contra los ciudadanos, es decir, reventar Madrid, no lo es. Si cada vez que alguien se siente agredido saliera a la calle a “reventar Madrid”, utilizando todo el poder de que dispone, gracias a las herramientas de las que le ha dotado la sociedad, sería un disparate para la organización. Imagínense lo que podría ser que un alto financiero, con suficiente poder económico, o un grupo de generales tuvieran esas mismas sensaciones.
Ya lo hicieron los camioneros hace dos años, paralizaron la ciudad y las carreteras. Esto no ha sido tanto, de momento, pero no por ganas, porque alguno de los huelguistas, que dudo que estuviera en algún piquete informando, quería reventarnos a todos. Con ese talante, ya que estamos en la época del talante, salió a la calle ese sindicalista. Lo lamento por lo cerca que me siento de los sindicatos, pero no de algunos sindicalistas