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Detrás de una calada

Detrás de una calada

lunes 28 de junio de 2010, 00:00h
Actualizado: 07/07/2010 13:03h
La pasada semana el Congreso de los Diputados, con el apoyo de todos los grupos parlamentarios, aprobó endurecer la actual Ley del Tabaco y prohibir su consumo en locales cerrados. El propósito de la medida es redoblar los esfuerzos para acabar con uno de los mayores desafíos a la salud pública de nuestras sociedades, y que en el caso de España provoca más de 50.000 muertes al año: 250 veces más que los accidentes de circulación.

Los opositores al endurecimiento de la lucha contra el tabaquismo tachan estas medidas de persecución y reducción de los espacios de libertad ciudadana. Siguiendo aquel ejemplo de Aznar de “¿Quién tiene que decirme a mí cuantas copas de vino puedo o no beber?”, los falsos defensores de la libertad vienen ahora a decirnos que “el tabaco nos hará libres”. Y es justo lo contrario. Quien haya fumado, yo he sido uno de ellos, conoce bien los efectos del tabaco: la dependencia que genera, la adicción que provoca, haciendo que pases malos ratos de nervios y ansiedad solo superables tras el consumo de tu dosis de nicotina.

Hablemos claro, porque sólo así sabremos contra quien nos jugamos los cuartos: el tabaco esclaviza, no hace libre su consumo, y es bueno que las sociedades redoblen sus esfuerzos en la lucha contra el tabaquismo. Con ello no sólo ahorraremos recursos públicos en nuestro sistema de salud, también, y esto es lo realmente importante, ahorraremos mucho sufrimiento a los familiares de aquellos que se dejaron la vida no en una cuneta sino detrás de una calada.
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