miércoles 21 de abril de 2010, 00:00h
Actualizado: 27/04/2010 13:38h
Era demasiado joven cuando le escuché por televisión, con aquella cara de alborozo supremo, diciendo "and the city is... Barcelona!!!". Demasiado joven, digo, para darme cuenta de la importancia del momento, y del peso de aquel señor mayor que se abrazaba a Pasqual Maragall, a la sazón alcalde de la Ciudad Condal. Décadas después, tuve la oportunidad -una de esas que nos da esta bendita profesión- de conocerle en persona, inmerso él una vez más en la aventura de traerse los Juegos Olímpicos para su país.
Fue en torno a la candidatura madrileña para 2012, cuando hizo todo lo que pudo, y más, para arrimar el ascua de los miembros del COI a su -a nuestra- sardina. Pero no fue suficiente entonces. Y cuando la ciudad volvió a intentarlo, esta vez para 2016, Samaranch volvía a estar allí, en primero en vanguardia. El alcalde madrileño, Alberto Ruiz-Gallardón, sabía entonces que Samaranch era una de sus grandes bazas para conseguir los Juegos. Y él, un anciano ya con agenda de señor de 40 años -como cariñosamente le recriminaba su hijo, Juan Antonio Samaranch, cuando la salud le dio algún aviso-, no dudó en calzarse de nuevo las deportivas y pedalear como el que más en ese gigantesco tándem que fue la candidatura madrileña para 2016.
En Copenhague, a muchos de los periodistas españoles nos recorrió la espalda un escalofrío cuando escuchamos sus palabras ante los miembros del COI, esa institución que no sólo dirigió sino que sacó del agujero en que se había metido, y convirtió en una entidad con un enorme poder en el mundo actual. Y ante esos miembros, que tanto le debían, pidió un último favor, ahora que, dijo, su tiempo se acababa: otros Juegos para España. Y los señores del COI le aplaudieron a rabiar... pero no le dieron su voto.
En 89 años, los que ha vivido Samaranch, hay tiempo para hacer muchas cosas, y no todas pueden ser acertadas. No lo fueron, en su caso, como en el de casi todos. Pero hoy me quedo con ese señor mayor que salía del Bella Center de Copenhague cansado y derrotado, pero cargado de razones. Yo, particularmente, me siento en deuda con él.