Crítica teatral: 'El avaro'
lunes 12 de abril de 2010, 00:00h
Actualizado: 13/04/2010 14:11h
El avaro Harpagón es uno de los muchos arquetipos que Moliere creó para la escena. Junto al enfermo imaginario Argán, a Sganarelle, falso médico, y al Monsieur Jourdain, el burgués gentilhombre y el Tartufo forman un grupo de hombres ridículos que representan algunas de las miserias más corrientes del ser humano. El avaro llega al teatro María Guerrero con dirección de Jorge Lavelli y con Juan Luis Galiardo como protagonista.
Esta es, para mí, una propuesta desconcertante. Atrapa la versión de José Ramón Fernández, directa, limpia, certera en los diálogos divertidos. El embrollo de amores y compromisos llega claramente al público. El mecanismo escénico de Sánchez Cuerda, una especie de puzle que se despliega constantemente, es eficaz y proporciona unos juegos de espejos muy sugerentes. Pero todo el espectáculo tiene un punto de frialdad, de distanciamiento que, afortunadamente, se salva por la eficacia de los actores. Supongo que ha sido Lavelli el que les ha impuesto una gesticulación extraña, a mitad de camino entre la farsa y el mimo. Son como muñecos medio humanizados, aunque el invento no funciona porque cada uno acaba yendo a su aire, seguramente por la incomodidad de la propuesta. Por otra parte todo el reparto muestra una gran solvencia en la colocación de sus frases y se acopla perfectamente al ritmo –escaso- que imponen director y escenografía.
Galiardo se da un homenaje
Juan Luis Galiardo tiene desde hace tiempo la inteligencia de buscarse personajes que se adapten como un guante a su edad y a su físico. Harpagón lo hace. El actor, como toda la compañía, aparece con la cara pintada de blanco y un escandaloso peluquín. Su imagen nos recuerda las viejas fotos de los grandes trágicos del principio del XX: el truculento Rambal, el declamatorio Ricardo Calvo, el dramático Borras… Galiardo se pasea, dueño y señor, por el escenario y cuando sale de él, atisba entre cajas. El suyo es un avaro poderoso, cínico, divertido en su patetismo. Da la impresión de que el actor lo hace “con la gorra”, empleándose a fondo sólo en un par de escenas. Pero conoce todos los trucos del ocio –más los suyos particulares- y se queda con el santo y con la limosna.
Una pasión intemporal
La pasión por atesorar dinero es intemporal y por eso el director la presenta en una época imprecisa. Este avaro del siglo XVII sólo difiere de los actuales en las formas. Sólo vive por y para el dinero. Todo lo demás, familia, amor, amistad, le sirve siempre y cuando no le cueste nada y le pueda aportar algún beneficio. Por esta actualidad el público se ríe siempre. Sobre todo con la disparatada vuelta de tuerca final, la escena en la que todo se resuelve satisfactoriamente y todos se quedan satisfechos.
Si acude a ver este Avaro, se lo pasará bien con toda probabilidad. Entretiene, divierte y tiene una moraleja clara. Si se lo pierde por alguna circunstancia, no lamentará dejar de ver un montaje “fundamental”.