lunes 05 de abril de 2010, 00:00h
Actualizado: 13/04/2010 14:11h
El tráfico de aerodeslizadores está cada vez peor. Y la culpa es el del nuevo concejal de aeromovilidad y deslizamiento Pedro Ling Calvo, madrileño de tercera generación con bisabuelos chinos criados en Leganitos que emparentaron con un mozo de la villa que también fue concejal de algo allá por el inicio del siglo XXI pero que ahora no recuerdo. Desde que hicieron la Gran Vía peatonal en superficie, con plataformas para teletransportarse desde Moncloa a Cibeles y duplicaron la calzada deslizante a la altura de un octavo con las nuevas autopistas aéreas no hay quien circule entre la “Plaza del Estado antes conocido como España” y la calle de Alcalá. Los clientes de la piscina del Emperador ven pasar ahora a los coches a su vera y en las aceras se han puesto las fotos de todos los alcaldes del siglo pasado. El último fue un tal Gallardón, que aguantó hasta el 2084 esperando que le llevaran en las listas, pero que el pobre no pudo ver su sueño hecho realidad.
Todavía recuerdo, como si fuera ayer, el primer centenario: quedaba algún cine – muy pocos, la verdad - y había muchos hoteles llenos de turistas japoneses y americanos. El cine murió a finales del siglo XXI, ya que los estrenos estaban disponibles en los móviles de novena generación antes incluso de llegar a las pantallas. A alguien se le ocurrió lo de ponerse unas gafas para verlo en 3D, pero dio igual: ahora el cine es en 6D y ya nadie paga por ir a verlo a una sala a oscuras. Todo el mundo tiene en su casa una pantalla de 98 pulgadas con sonido doble dolby surround envolvente y masajeante aromatizado. Y ahora los nuevos turistas con posibles son los angoleños, gracias al mineral azul ese que descubrieron hasta decir basta que encima se puede comer. Hace subir un poco el colesterol, pero con una pastilla azul además de pegarte un alegrón para el cuerpo los coches andan 3.500 Km. sin repostar. Recuerdo que donde había joyerías hoy hay carpinterías: nos hemos cargado todos los árboles y no hay nada más preciado que un anillo de madera que cotiza en el mercado de futuros muy por encima del barril de Brent y de los diamantes. Quedaba una librería, pero cerro cuando murió su último cliente: ya se sabe, algún nostálgico seguramente peligroso. Los restaurantes de comida rápida ya no existen: ahora hay enormes máquinas expendedoras de pastillas deshidratadas que al contacto con el agua se convierten en un chuletón de buey con patatas en daditos. El bacalao al pil pil está más conseguido. Y sólo permanecen las prostitutas y el anuncio de Schweppes. El tiempo no pasa por ninguna de las dos cosas, sobre todo por la segunda. Hoy sólo hay anuncios luminosos del último modelo de iPud de Apple, que es como el iPod más el iPad pero todavía más grande e incluye grill y saca a pasear al perro. Y nos queda Chicote. Hace cocktails a base de leche de soja liofilizada y las nuevas estrellas del gran equipo de Madrid que es el Puerta Bonita, se pasan siempre por allí para codearse con la jet set madrileña. Esta año igual gana la décima.
Sin embargo hay algo que no cambia: esta Gran Vía que hoy cumple 200 años sigue teniendo un aire señorial, que si te paras a escuchar, te susurra historias al oído. Historias de ayer, de hace 100 años y de hace dos siglos. En una ciudad como GranMadrid que ya tiene 22 millones de habitantes quedan pocos sitios como este. Todo son PAUS. Menos esto. Y si acaso lo único que chirría es el último cartelón que han puesto, virtual por supuesto – ahora ya no se ponen lonas – con la última ocurrencia del alcalde: “Madrid 2118 – está vez sí que sí palabrita del Niño Jesús”.