viernes 19 de marzo de 2010, 00:00h
Actualizado: 25/03/2010 17:25h
Ahora vendrán los que decían que esto se veía venir, que se esperaba, que ya se barruntaban ellos algo… pero lo de Güemes ha sido la sorpresa de la semana. Lo que falta por averiguar es qué se esconde realmente tras ese ambiguo latiguillo de los motivos personales. Porque hay otras muchas razones que apuntan como posibles en el balance de esta decisión.
A saber: Güemes no quedó del todo bien parado tras el congreso de Valencia. Lo suyo no fue tan malo como lo de Prada, que se crucificó solo, pero sus movimientos no fueron ajenos a Aguirre y su núcleo duro, del que el ahora dimitido consejero quedó ligeramente alejado, tocado por una sombra de desconfianza.
Su papel en Sanidad no ha podido estar más alineado con lo que Aguirre quería: no sólo ha llevado a cabo las políticas en la materia que la presidenta quería, sino que lo ha hecho con valentía y sin importarle los jardines en que sucesivamente se iba metiendo, con críticas feroces y hasta ataques personales en algunas visitas hospitalarias. Güemes se convirtió, por decisión propia, en la bestia negra de muchos sindicalistas de la Sanidad pública, y de muchos profesionales de este sector. Y al parecer no le importaba: aguantaba el tirón con su mejor sonrisa.
Güemes siempre ha estado bien situado: desde los tiempos lejanos de las campañas electorales de Aguirre, en que él y Luis Eduardo Cortés escoltaban a la futura presidenta —hasta ella bromeaba con la extraña pareja: “papá Pitufo y un efebo”—, pasando por su bien trabada relación con Rato y sus seguidores, o su lazo familiar con Fabra —un intocable en su partido, como se ha demostrado hasta la fecha—. Conociendo al personaje, su juventud, sus ganas y su ambición, a muchos nos escama esa retirada de la vida política, con regusto a estrategia y a provisionalidad. ¿Qué se apuestan a que volvemos a encontrarnos a Güemes en puestos políticos, y no tardando muchos meses?