Crónica teatral: Por el placer de volver a verla: y por el del teatro
martes 09 de marzo de 2010, 00:00h
Actualizado: 13/03/2010 18:36h
Finalmente Miguel Ángel Solá ha podido presentarse en el teatro Amaya con el montaje de “Por el placer de volver a verla”, compartiendo escenario con su esposa, Blanca Oteyza. Un mano a mano que espera repetir el éxito del “Diario de Adán y Eva”. Ahora adapta el texto de Michel Tremblay que les viene como anillo al dedo.
Él es un dramaturgo ya maduro. Desde el escenario vacío evoca la presencia de Ella, su madre desaparecida. Por el placer de volver a verla, por recordar su personalidad, por agradecerle el papel decisivo que ha tenido en su vida. Y así los vemos desde la infancia hasta el momento de la muerte. Un recorrido vital divertido y emocionante, articulado en escenas breves que van marcando el paso del tiempo. Hay momentos brillantes, como la descripción que hace del teatro la madre. Toda una declaración de intenciones.
El papel femenino es un auténtico regalo para cualquier actriz y Solá se lo hace a su mujer, quedando como hilo conductor, como maestro de ceremonias de esta vuelta al pasado.
Dos actores
Solá y Oteyza se bastan y sobran para llenar el escenario. El actor no lo abandona en ningún momento, mientras que Blanca entra y sale constantemente, marcando el tiempo y logrando arrancar el aplauso en varios mutis. Quizá al actor se le pueda pedir una evolución más marcada de su personalidad. Está en un registro infantiloide que funciona muy bien en las primeras escenas, pero que debería madurar conforme su madre envejece. Parece que quiere mantenerse como un Peter Pan, siempre a punto de crecer, pero sin terminar de madurar.
Los dos intérpretes manejan las emociones a su antojo. Saben llevar al público de la risa al nudo en la garganta; de las lágrimas a la sonrisa. Y los espectadores se les entregan desde el primer minuto.
Montaje elemental
No hay aparato escénico. Ya lo advierte el protagonista en su prólogo. Sólo un panorama que se ilumina con distintos colores y unos cuantos cajones que se transforman en un mobiliario elemental. Demasiado elemental. Un poco más de arropamiento en la producción resaltaría el trabajo interpretativo. Tanta funcionalidad queda bien en el circuito alternativo, pero en un teatro “comercial” parece un poco escasa. En cualquier caso, no creo que ésto vaya a retraer al público, deseoso de volver a ver, por el placer del buen teatro, a una pareja largo tiempo ya alejada de la escena.