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De nuevo en la cuesta

De nuevo en la cuesta

Por Pedro Montoliú
jueves 19 de abril de 2007, 00:00h
Actualizado: 10/10/2007 11:36h
 

La cita con los libreros de Moyano vuelve a tener como escenario la Cuesta de Moyano. Un emplazamiento tradicional pues los libreross ocuparon sus casetas, diseñadas por el arquitecto municipal Luis Bellido, en 1925. Entonces se instalaron treinta que no podían ser subarrendadas y por las que pagaban entre 30 y 50 pesetas mensuales según estuvieran más hacia el centro o  los extremos, prueba evidente de que muchos eran los que se acercaban y menos los que recorrían la calle, como ocurre todavía ahora.

Con esta apertura se daba carta de naturaleza a un mercadillo que se había escindido de las ferias de Madrid en 1919 cuando se ubicaban en el paseo de Atocha. Para hacer patente su escisión los libreros se cruzaron de acera y se instalaron junto a las verjas del Jardín Botánico junto a algunos puestos de turrón y frutos secos. Aquellos puesticillos montados con tablones y cajas aguantaron en el Prado hasta que en 1924 el director del Botánico protestó enérgicamente e hizo un llamamiento a que se acabara con una situación que era un atentado no sólo para el decoro sino para la salud pues muchos madrileños usaban de noche el espacio entre las casetas como mingitorio. Fueron trasladados entonces a la cuesta de Moyano,  a la acera del Ministerio de Agricultura. Un año después, inauguraban las casetas de Bellido en la acera de enfrente y pasaban a convertirse en parte del paisaje madrileño.

La construccción de este mercadillo en esta cuesta no fue bien recibida por el mismo Pío Baroja que ahora preside la cuesta quien, junto a otros 78 intelectuales, firmó una instancia pidiendo al Ayuntamiento que instalase el mercadillo en un sitio de facil acceso. Se le respondió que la instalación de los puestos estaba muy adelantada y que no se podía cambiar.

Este jueves el alcalde ha dicho que se ha dado satisfacción a aquellos intelectuales. Sí pero no. Aquellos intelectuales no querían que se instalara el mercadillo de libros en la cuesta porque la mala urbanización de la misma y su emplazamiento la hacían cuestionable. Quizás, gracias a ese deseo de Bellido de mantener el emplazamiento a pesar de las críticas, permitió la pervivencia de una feria que, de haber estado, por ejemplo, en Recoletos, quizás llevaría muchos años desaparecida. Luego la buena situación de la vía afianzó la buena elección.

Hoy, ochenta y dos años después, Baroja y el resto de los firmantes estarían, sin duda, orgullosos de una cuesta que, por fin, se ha transformado paara beneficiar a los paseantes, a los potenciales lectores, a los curiosos. En este sentido sí tiene razón Gallardón cuando dice que se ha dado satisfacción a lo que pidieron los intelectuales en 1925:  "un sitio bien visible y de facil acceso". Pero, sobre todo, se ha dado satisfacción a quienes somos partidarios de que el centro de la ciudad -y para Madrid la cuesta de Moyano es como la "rive gauche" del Sena- debe ser toda ella de facil acceso. Esperemos que medidas similares se extiendan como manchas de aceite.

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