martes 26 de enero de 2010, 00:00h
Actualizado: 01/02/2010 17:22h
El Rafita es un viejo conocido de la crónica de sucesos madrileña. Este chaval, que ya es un bigardo de 22 años, se ha reciclado. Ya no se dedica a asesinar, ni a violar, ni a quemar ni a pasar por encima a jovencitas. Ahora se dedica a robar coches que es algo, como todo el mundo sabe, mucho más edificante. Ya deben saber a estas alturas que le han detenido por robar un coche en Cuatro Vientos.
El Rafita tiene un don: se rodea de lo mejor de cada casa, de la crème de la créeme social en cada barrio. Entre los tres colegas con los que fue detenido suman 40 antecedentes y sólo la mitad son los de su hermano Eduardo con el que conforma un dúo dinámico difícil de igualar. Pero él no se queda atrás: ya lleva tres delitos en ocho meses en un periodo de libertad vigilada que visto lo visto tiene mucho más de lo primero - libertad - que de lo segundo – vigilada -. En verano robó un ordenador en Benalmádena, en diciembre otro robo con fuerza en Alcorcón y ahora esto en el PAU de Carabanchel por lo que ha tenido que declarar ante un juez que le ha puesto en libertad a la espera de juicio.
El Rafita violó, atropelló, quemó y mató a Sandra Palo en compañía de otros en 2003. Pero tenía 14 años. Cumplió su pena como menor y con la mayoría de edad afrontó un periodo vigilado, por decir algo, al alimón entre la Comunidad de Madrid y ahora el Ministerio del Interior. Pero sin duda lo más duro de todo esto es tener que volver a preguntar a la madre de Sandra, Maria del Mar Bermúdez, cada vez que el asesino de su hija vuelve a las andadas. Puede que les suene tremendista pero para Maria del Mar que El Rafita vuelva a liarla parda es cuestión de tiempo. Y con liarla, no hablamos de una travesura, de una chiquillada: hablamos de volver a matar.
Por supuesto que todo el mundo tiene derecho a cumplir condena y que no le juzguen hasta el fin de sus días. En eso consiste la justicia: en pagar la pena. Pero sólo se le pide una cosa al reo: demostrarlo con un mínimo interés por la reinserción y con algo parecido al arrepentimiento. Y El Rafita si demuestra algo es todo lo contrario al ese interés por reinsertarse y ni que decir de la nula aspiración por el arrepentimiento.
Eso sí: como consuelo nos queda el debate de los políticos que siempre es mucho más lioso, la verdad. Cada vez que desempolvamos este caso hablamos siempre de la reforma la Ley del Menor, de su endurecimiento o incluso de la cadena perpetua. Si me hubieran dado un euro cada vez que he tenido que contar que se reabría un debate sobre estas cuestiones, sería rico. Y aquí sigo. Colaborando en Madridiario. Y por muchos años.