Gallardón, el médico imaginario
lunes 21 de diciembre de 2009, 00:00h
Actualizado: 21/12/2009 19:01h
Como saben el “enfermo imaginario” es una comedia de Moliere en la que a un pobre hipocondríaco los médicos y charlatanes de su época le hacen todo tipo de escarnios y sangrías económicas y de las otras a cuenta de sus supuestos males. Existen también los médicos imaginarios que siempre se empeñan en encontrarte síntomas inequívocos de graves enfermedades y dispuestos a salvarte a tu costa. Lo peor viene cuando, además, tienen el poder para imponer su diagnóstico y su tratamiento.
Madrid era con Álvarez del Manzano una ciudad bastante sana, normalita, sin grandes pretensiones, recordada como la ciudad de la movida de los 80 de Tierno. El casticismo (casposo, la verdad) del regidor se llevaba con paciencia y no dejó grandes obras ni grandes deudas, aunque generó cierta añoranza por una renovación y por estar en la liga de las grandes ciudades europeas. Manzano potenció IFEMA que ahora preside. Habíamos dejado a Barcelona el diseño y el orgullo de ciudad. No se competía con ella en belleza natural ni en política local. Éramos, en el buen sentido de la palabra, una capital de provincias donde sus logros fueron fundamentalmente iniciativa de los madrileños. Esa iniciativa ciudadana huérfana del poder político que es nuestro hecho diferencial. Otros tienen otros y necesitan del poder para afirmarlos. Nosotros no.
Todo cambió con la llegada de Gallardón. Buen Presidente de la Comunidad de Madrid, tuvimos la sensación en los primeros meses que la alcaldía se le caía encima. Ese casticismo de medio pelo que heredó deprimía a un hombre que aspiraba a ser Gobernante y Estadista, todo con mayúsculas. Tuvo que inventarse proyectos a su medida para poder estar a gusto con este nuevo traje. No se si fue el historiador del arte Camón Aznar el que explicaba que las grandes puertas de los palacios barrocos eran funcionales porque por ellas tenía que pasar no sólo su noble propietario sino también su orgullo y su grandeza. Una teoría que explicaría el traslado de la sede del Ayuntamiento de Madrid desde una casona medieval al Palacio de de Cibeles o el proyecto de la Catedral de las Telecomunicaciones que nadie sabe muy bien qué es –y que a nadie importa-. Incluso tenemos a falta de un Gehry un Calatrava baratito en forma de pirulí en la Plaza de Castilla que ni gracia tiene. Junto al alcalde, al Ayuntamiento llegó una legión de colaboradores bien trajeados, bien viajados y con dominio del inglés.
Seguramente sin mala fe, nuestros achaques como ciudad se abordaron con cirugía de retroexcavadora. La M30 se levantó de arriba a bajo, de norte a sur, de este a oeste. Resolver los problemas uno a uno parecía poco por lo que se optó por una cirugía completa, abrir el cuerpo entero de la ciudad en una operación que era más una autopsia que un tratamiento razonable. Con la paciencia que soportamos el casticismo de chotis y verbena, los madrileños soportamos también la gran cirugía del eminente medico imaginario.
¿Estaba la ciudad tan necesitada de ponerla patas arriba durante tanto tiempo? Posiblemente sí, pues se nos prometía para después de las obras de la M30, una ciudad humanista, que devolvería su escala al ciudadano enterrando las infraestructuras. Así al menos, se lo declaró Gallardón a Vertoni, referente intelectual de la izquierda italiana y, además, alcalde de Roma.
Pero por desgracia para los madrileños, esta intervención no fue suficiente para nuestro médico imaginario. Ahora es toda la ciudad, al completo, sin más sin menos, la que se ha levantado. Nuevamente todo, nuevamente a la vez, nuevamente llevando al límite la paciencia de los ciudadanos, nuevamente retrasando al futuro la promesa de una de ciudad ideal propuesta en cada discurso, en cada compromiso electoral, imposible de construir con tuneladoras y grúas. Mientras, Madrid es una ciudad colapsada, con una vida cotidiana paralizada y unos ciudadanos en el límite de sus nervios. ¿Se imaginan que hubiera pasado si ganamos las Olimpiadas? Que, posiblemente, habríamos estado doce años con la ciudad abierta como el cuerpo de un torturado medieval. Algo que hubiera sido realmente insoportable para ciudadanos sensatos como somos.
Si busca nuestro alcalde el diseño de la Ciudad Utópica ¿no podría alguien haberle convencido que la opción moderna es la cirugía de mínima invasión, esa que resuelve los problemas sin necesidad de abrir el cuerpo de arriba a bajo y que no necesita grandes periodos de hospitalización? Es trabajar a favor del cuerpo y no en contra. Eso sí, hay que pensar más y planificar mejor. Quizás se podrían haber resuelto mediante la escala pequeña muchos problemas con medidas ajustadas que sí construyen un humanismo ciudadano, con menos gasto y menos deuda. Hace poco decía nuestro alcalde “que bien está lo que bien acaba”. Sin duda, equivocó el refrán y quiso decir que no “hay mal que cien años dure” que es parecido pero no lo mismo, si bien es posible que la deuda acompañe a los madrileños por varias generaciones. Madrid lleva seis años sin vida cotidiana, con purgas y sangrías como el enfermo de Moliere pero sin ser haberlo pedido ni deseado.
La política local no es otra cosa que la gestión del entorno para hacer mejor la vida cotidiana de los ciudadanos. Si esto se le queda pequeño a un alcalde que se presente al FMI, la ONU o la Presidencia Europea. Tampoco es política urbanística para financiar(se) como han creído muchos ni proyectos colectivos de promoción internacional como parece que es en lo único que cree nuestro alcalde. Es mesura, sentido común, buscar escalas de actuación, molestar lo menos posible. Los grandes cambios no se hacen cambiando todo, sino, encontrando soluciones concretas a problemas concretos. Sin vida cotidiana, esa que nos hace estar a gusto con nuestro entorno, es difícil justificar nada. Los madrileños huérfanos del poder seguirán haciendo aquí cosas de interés en este inmenso solar de extrarradio a medio hacer en el que ahora se ha convertido nuestra ciudad. En fin.
PD. Dicen los que saben de estas cosas, que el futuro de Gallardón pasaría por ser ministro con Rajoy en el caso de que este gane las elecciones. Confiemos en el sentido común del dirigente pontevedrés, que además vive en Madrid, para que al menos, si esto ocurre, no le nombre titular de Fomento ni de Hacienda.