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El feminismo como excusa

El feminismo como excusa

Por Cristina Cifuentes
martes 27 de octubre de 2009, 00:00h
Actualizado: 02/11/2009 14:41h
Tras el debate de las enmiendas a la totalidad a los Presupuestos Generales del Estado, la vicepresidenta económica del Gobierno acusó a Mariano Rajoy de machismo. Elena Salgado dijo haberse sentido "ninguneada" y “minusvalorada”, después de fracasar en el primer gran duelo dialéctico que mantuvo con el líder del PP en sede parlamentaria. La acusación de machismo parece más una mera excusa ante la indiscutible victoria dialéctica de Rajoy, por la contundencia y claridad de su intervención y, sobre todo, porque consiguió demostrar que éstos eran unos presupuestos nefastos: “los presupuestos del paro, de los impuestos y de la deuda pública”.

Salgado justifica su acusación en que Rajoy dirigió sus críticas directamente a José Luis Rodríguez Zapatero, como responsable último de la política económica del Gobierno. Olvida la ministra que en el debate presupuestario del año pasado se produjo la misma situación en idénticos términos, cuando el interlocutor era el vicepresidente Solbes. La estrategia parlamentaria utilizada por el líder del PP con la vicepresidenta económica es exactamente la misma que el entonces portavoz socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, utilizó frente a Aznar en el debate presupuestario del año 2003. Y entonces nadie acusó al líder de la oposición de ser andrófobo.

En el debate presupuestario, Rajoy superó a Salgado, que apareció insegura, nerviosa, balbuceante e incapaz de defender con credibilidad unos presupuestos sin pies ni cabeza que fueron criticados unánimemente por todos los grupos parlamentarios, incluso por aquellos que votaron en contra de las enmiendas a la totalidad.
 
Si Salgado se ha sentido "ninguneada" y minusvalorada por Mariano Rajoy, no debería ser por su condición de mujer sino por su pésima defensa de los presupuestos y porque, como se atrevió a decir Carlos Solchaga, ministro de Economía de Felipe González,  Zapatero ha convertido a los ministros en auténticos secretarios de Estado. Que yo sepa, sus declaraciones no han suscitado críticas por machista.
 
Para terminar de arreglarlo, la secretaria de Organización del PSOE, Leire Pajín, salió en tromba en defensa de Salgado diciendo que a Mariano Rajoy le irritaba debatir con la primera mujer de la historia que ha sido vicepresidenta económica del Gobierno de España. Es un argumento torticero y pueril contra un político cuyo partido demuestra sobradamente su apuesta por la presencia de mujeres en cargos de responsabilidad sin necesidad de recurrir a las cuotas. Por poner sólo unos pocos ejemplos, el PP es un partido que tiene a una mujer como secretaria general y a otra como portavoz parlamentaria; que situó al frente del Congreso y del Senado a las primeras presidentas; y que cuenta con la única presidenta de Comunidad Autónoma por elección.

Tratar de llevar el debate político a una cuestión de sexos es un disparate anacrónico y una ridiculez, porque todos los cargos públicos debemos asumir las consecuencias de nuestras actuaciones y aceptar las críticas sin buscar  excusas feministas para justificar nuestras derrotas.

Los cargos públicos: diputados y diputadas, concejales y concejalas, ministros y ministras, no lo somos en base a nuestra condición de género, sino que representamos de manera asexuada a todos los ciudadanos. Por ello, me resulta bochornoso que se utilice el feminismo como parapeto protector ante el propio fracaso o la incompetencia. Utilizar la condición de mujer para eludir la crítica que todo responsable público debe afrontar es una versión feminista del machismo. Si Salgado no es capaz de aceptar la confrontación del debate parlamentario, que no se acerque a él, porque si se escuda tras su condición de mujer para justificar su incapacidad dialéctica, flaco favor está haciendo a la causa de la defensa de las mujeres.

Sé que cuando se critica la actuación de una dirigente socialista se corre el riesgo de ser calificada de machista o sexista, adjetivo que ya me adjudicaron algunas presuntas  feministas cuando se me ocurrió criticar que la ministra Chacón se valiese de una oficial titulada del ejército para la poco cualificada tarea de llevarle el bolso y el abrigo. Porque en esto todavía hay doble vara de medir y cuando las críticas se refieren a Esperanza Aguirre o a cualquier cargo del PP, la cosa cambia.

Pero a pesar de las críticas que sin duda recibiré por este artículo, sigo sin estar dispuesta a aceptar que a las mujeres que trabajamos en la política, por el hecho de ser mujeres, se nos dispense un trato diferente que el que reciben nuestros colegas masculinos. En esto consiste la verdadera igualdad, algo que las pseudo feministas todavía no acaban de comprender.
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