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Nos vencieron los elementos

Nos vencieron los elementos

Por Pedro Montoliú
viernes 02 de octubre de 2009, 00:00h
Actualizado: 08/10/2009 17:00h
Estaba escrito, pero no queríamos ver la letra. Nos empeñamos en que todo podía pasar, pero como dijo Felipe II habíamos mandado nuestras flotas a luchar contra los elementos. Y había muchos elementos que nos indicaban que no debíamos haber salido del puerto.

El primero y muy aparatoso, que la sede de los Juegos Olímpicos de 2012 será Londres y que, habiendo tantos pretendientes, era ilógico pensar en que el Comité Olímpico Internacional se saltaría la norma no escrita de no repetir en un mismo continente. A pesar de la existencia de esta debilidad en el casco, que podía convertirse en una vía de agua, nos embarcamos y partimos entre la mirada escéptica del resto de países europeos.

A pesar de ello, la travesía fue relativamente normal hasta que llegó el segundo elemento contra el que había que luchar. Barak Obama gritó "Yes, we can" y pudo hacerse con el sillón de la Casa Blanca. De pronto, alguien cayó en que Obama era de Chicago y pronto empezó a temerse que este apunte biográfico podía tener una trascendencia inesperada para la candidatura olímpica, que podía convertirse en un tsunami que barriera la candidatura madrileña.

El tercer elemento que nos golpeó fue el huracán Lula. Todos sabíamos que Brasil se la jugaba en un momento geopolítico muy especial como país emergente y cabeza de un continente que no ha tenido nunca unos juegos. Ello nos restaba todos los votos hispanoamericanos.  Por si no era suficiente nos atacó el tornado de los informes de la comisión del COI que vino a Madrid y que habló de una presentación dispar frente a otras como Chicago y Río a las que consideraron de muy alta calidad.

El problema era que para entonces, la candidatura madrileña ya estaba en alta mar y muy próxima al puerto y no era cuestión da darse la vuelta. Había que presentar la batalla formal y Madrid llamó a todos a tener una corazonada. Y la gente respondió porque el corazón no atiende a razones. Pero decenas de miles de corazonadas no evaporan una tormenta, no diluyen un tornado, no refuerzan una cubierta.

La batalla ha concluido. Madrid ha perdido por segunda vez. Frente a la primera vez, que contaba con más opciones, no queríamos ser conscientes de ahora luchábamos a la desesperada y que de nada nos valía la furia española  en el proceloso mundo de los lobbys, del dinero y de la alta política. Lo que muchos se preguntarán ahora es por qué nos embarcamos, por qué no hicimos como París o Roma y no nos limitamos a llenar las bodegas y esperar a que soplara un viento favorable. Veremos cuando se vuelven a dar las circunstancias para que Madrid sea ciudad olímpica algo a lo que tiene todo el derecho del mundo.


 
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