Desde Copenhague con amor
miércoles 30 de septiembre de 2009, 00:00h
Actualizado: 03/10/2009 11:19h
No va a pasar otra cosa esta semana. Bueno: seguramente sí que pasará, pero no le daremos mucha bola. Esta semana, es la semana de Copenhague, capital de Dinamarca, pero que en el imaginario colectivo olímpico madrileño es el final de un camino que arrancó hace cuatro años, más otros cuatro. Desde hace días he visto aparecer a los analistas de última hora, a los analistas de todo a 100: ¿cómo reconocerles?. Pues bien: hace unas semanas se habrían jugado todo su dinero, su hipoteca y su familia a la victoria de Rio de Janeiro. Y hace apenas dos días, han cambiado esa apuesta por la de Chicago con el hecho de que Obama va a Copenhague. Si. Obama va. Y también Pedro Castro. Y seguro que el alcalde de Getafe es mucho pesado que él con cualquier miembro del COI que se cruce en estos días.
Bromas al margen: nadie tiene ni un solo dato que diga que no nos van a dar los juegos. Estamos hablando de una población electoral de apenas 97 papeletas en primera ronda. Las razones por las que votan 97 tipos son tan peregrinas, que lo de que cada uno es de su padre y de su madre se queda corto. Y en realidad no hay tanta mítica ni tanta leyenda urbana con los miembros del COI. Votan a la candidatura que más les gusta y punto. Pero punto, punto. Varapalos y escándalos olímpicos como los de Salt Lake City han hecho de este sistema algo mucho más limpio y que no hay que olvidar que se trata de una decisión objetiva: no es una oposición ni un examen de matemáticas. Los del Comité Olímpico le dan los juegos a los que quieren y a los que creen que pueden hacerlos mejor. Y el invento lleva ya 29 ediciones en tres siglos diferentes. Algo habrán hecho bien.
En todo caso en una ciudad que tiene como icono a una pequeña sirena que a su vez era protagonista de un cuento de Andersen, que mejor que empezar con un ‘Erase una vez una ciudad que quería organizar unos Juegos’. El cuento arranca así, y el viernes, sabremos como acaba.