martes 29 de septiembre de 2009, 00:00h
Actualizado: 03/10/2009 11:14h
Esto del espíritu olímpico es contagioso, como el miedo o la histeria, y crece como una bola de nieve cuesta abajo una vez que se pone en marcha. Que se lo digan a Río, que hasta hace pocos meses era prácticamente una comparsa graciosa, y se ha convertido de la noche a la mañana en la amenaza de ChicagObama y en un muy serio rival para Madrid 2016. Pero a la candidatura madrileña, a estas alturas de la película, ya no le asusta nada. Tal vez por eso el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón haya salido tan torero respondiendo que la presencia del presidente de los Estados Unidos no le da ni frío ni calor: "Mejor, así tendrá más emoción la cosa".
"La cosa" ha salpicado de tal manera la actualidad que no hay manera de evadirse: en cualquier emisora de radio -hasta los anuncios de entidades bancarias recogen en sus textos la esperanza olímpica-, en todas las cadenas de televisión, en forma de "mosca" sobre la pantalla; en absolutamente todos los medios impresos ... Que Madrid sea olímpica se ha convertido en una ilusión colectiva, aunque no todos crean en ella.
La oficina olímpica ha hecho todo lo que estaba en su mano: deben haber recorrido kilómetros suficientes como para dar varias veces la vuelta la mundo. Ruiz-Gallardón presume, y con razón, de conocer y poder saludar personalmente a todos los miembros del COI, porque con todos ha convivido en algún punto del planeta. El esfuerzo ha sido muy grande; la generosidad de los patrocinadores, también. Y el respaldo político, institucional y popular, total. Si aún así no se consigue, será cosa de la ambigua y opaca institución de la que depende el deporte olímpico en el mundo.
Durante esta semana, nos está permitido creer, tener esperanza y hasta ponernos cursis en pro de la candidatura madrileña. De ganar, serán los Juegos de todos, puesto que todos han colaborado en su consecución. Y no se sabe qué alcalde y qué presidente del Gobierno estarán presentes durante su inauguración. La tentación de rentabilizarlos será inevitable, como también lo será la de culpar del fracaso al alcalde, sobre todo desde las filas de sus (muchos) enemigos políticos. Pero por unos días, disfrutemos de esta inusual unanimidad, con la vista puesta en la meta común. Copenhague, ¡allá vamos!