El padre de los pequeños que ardieron como teas en el poblado marginal de “El Salobral” no puede pagar el entierro de sus hijos. Al padre se le han secado la voz, las lágrimas y la vida. Todo lo que le queda es del color ceniza a la que quedó reducida su infravivienda, y ya no sabe si llora o es lluvia que le cae en las mejillas.
Se tiran chabolas pero se vuelven a construir otras porque la miseria va tres pasos por delante de los planes oficiales de ayuda. Y de esa forma los niños juegan entre ratas con los pies descalzos y se consiente que haya seres humanos que habiten entre cascotes y cables de alta tensión. Hasta que salta “la chispa de la muerte” y acaba con la vida de dos recién nacidos.
La historia de los pequeños Francisco y David conmueve porque es la última, pero la capacidad de cinismo y de olvido que tiene esta sociedad, (y sus poderes públicos), acabará pronto con el duelo. El luto se pasará pronto porque preferimos vivir de espaldas a la realidad que de cara a la tragedia. Parece que el prójimo cuando vive en una chabola es un ser de otro planeta que se rige por parámetros diferentes a los nuestros; carne de cañón que rellena programas de cotilleos macabros.
Esas chabolas son los coletazos del Madrid de la necesidad que siempre fue desde Carlos III hasta las últimas casas construidas en los años sesenta para acoger la inmigración que venía del campo.
Este año los Reyes Magos pasarán de largo por los escombros de la última chabola que se quemó. Tal vez le dejen al padre de los pequeños un paquete en la cuneta de la M-45 que contenga: oro, incienso y “mierda”.
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