La Asamblea de Madrid convocó un pleno para hablar del final del terrorismo y lo que era una buena idea, en principio, salió algo más que peor. Si sus señorías creen que descalificándose van a llegar al camino de la concordia, apañados están. Hacer alusiones ahora a pactos rotos, a los GAL, a negociaciones secretas o a desgarros gramaticales (lapsus), es lo perfecto para caminar en la dirección contraria de la unidad democrática.
Decía Fernando Marín, la voz de IU, que era lastimoso asistir a un debate televisado con semejantes intervenciones: no le faltaba razón. Se entiende mal que Esperanza Aguirre prefiera hablar en clave Rajoy y seguir las consignas de Génova, antes que encabezar una manifestación de madrileños que claman por el asesinato vil de otros dos madrileños, (como bien decía la presidenta “madrileño es el que vive y trabaja en Madrid”). Sin duda que por su mente pasó la idea de “y con más razón el que da la vida por Madrid”. Tampoco acertó Rafael Simancas al trazar un discurso en clave Zapatero, de hecho adelantó los argumentos que expondrá el presidente del Gobierno el lunes en el Congreso.
No está claro cuál es el final de la violencia pero es que también anda turbio el camino para conseguirla. Las palabras airadas, con la mano embravecida y la cara tensa del vicepresidente González, tampoco ayudan. Se hablaba de paz pero a nadie le apetecía darse un abrazo y caminar juntos. Es más, parece que tanto populares como socialistas están tan contentos de haber escogido caminos diferentes.
La misma distancia que separa a La Latina de Júpiter es la que manejan el PP y el PSOE regional.
Todo sería lamentable pero transitorio si al menos la bronca se quedara en el debate del viernes, pero todo indica que ambas formaciones se pasarán factura a la menor ocasión.
Si la democracia trajo una amnistía penal, esta otra democracia madura debería traer una reconciliación a marchas forzadas. Los políticos deberían recoger el lema de la exposición de M.C. Escher en el Canal de Isabel II y “hacer posible el arte de lo imposible”, dialogar como norma y dejar los aspavientos para otra ocasión.
Se hablaba de paz y aquello acabó de mala manera. Decía Serrat: “nunca es triste la verdad, lo que tiene es remedio”.
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