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Cine, cine, cine

Cine, cine, cine

Por Juan Luis Jaén
miércoles 10 de enero de 2007, 00:00h
Actualizado: 10/10/2007 11:36h

Iba a empezar por otra cosa, pero después de leer el blog Zootropo de una compañera del Diariocrítico me aventuré a ver la película Babel de Iñarritu y me ha gustado tanto que no tengo más remedio que recomendarla. Porque habla metafóricamente de un asunto que nos atañe a todos en la vida actual: la responsabilidad individual por nuestras acciones.

 La necesidad de pensar lo que se hace, porque si no sus efectos se meten en el proceso caótico del tiempo, se retroalimentan y crecen sin control y lo que era una nimiedad (en la película, el regalo de un fusil a un campesino marroquí, el interés en acudir a la boda de un hermano por parte de una cuidadora mejicana de niños) se convierte en un torbellino que atrae todos los problemas de alrededor hasta su centro y los convierte en irresolubles. Es como quien bebe unas copas y luego coge el coche y se pega un porrazo contra una familia que vuelve a casa y los mata. Pues eso…

Y ya que hablamos de cine, recuerdo que cuando yo era niño (años 50) vivía en la calle Fernández de los Ríos del barrio de Chamberí (nací en el paseo del Cisne) y había un montón de salas de cine: Pelayo, Emperador, Apolo, California, Quevedo, Galileo, y muchos más antes de llegar a la zona del Fuencarral, donde estaban los de estreno, los dos Roxi, Proyecciones, Bilbao...algunos de los cuales ya han caído bajo la piqueta para construir centros comerciales o apartamentos de lujo.

En el barrio donde vivo actualmente, Pueblo Nuevo, se han convertido en tiendas de ropa o bingos, desde el Aragón al Ciudad Lineal, y solo hay unas mini-salas en un centro comercial nuevo. Lo mismo en Carabanchel, barrio en el que estuve viviendo después unos diez años y lugar de mi adolescencia y donde ya no queda ni uno. El último en caer fue el Cinema España en Marques de Vadillo, antes lo fueron el Florida (apartamentos), el Salaberry (bingo), Los Ángeles (sala bodas), Vista Alegre (bodas y bautizos), Oporto (bingo), Coimbra (banco), Imperial, etc.

Había otro junto al metro de Carabanchel al que llamábamos el Palacio de las Pipas, ya que era lo que comíamos durante las proyecciones cuando eran éstas y no las palomitas lo que estaba de moda, y seguramente otros que no recuerdo ahora. Además estaban los pequeños cine-clubs, donde veíamos las del Gordo y el Flaco, Jaimito o Charlot y más adelante los Potemkin y demás películas sin permiso de proyección en los comerciales que allí nos servían de motivo para coloquios políticos sin censura.

En aquellos cines vitoreábamos a la caballería cuando llegaba a salvar a los buenos, llorábamos cuando se moría la chica, pateábamos como en los guiñoles cuando el malo trataba de sorprender al bueno, nos dábamos el lote en la fila de los mancos (siempre de las últimas y si nadie protestaba, porque entonces el acomodador venía con su indiscreta linterna y te ponía de patitas en la calle), tirábamos cosas desde el entresuelo y los palcos al salón de butacas de abajo, gritábamos aquello de “acomodador que me han roto las bragas” mientras rasgábamos un trapo viejo y sentíamos a cada rato ese vaporoso perfume que mojaba los rostros y olía a cine barato de sesión doble y colas, cuando ponían las pelis que nos encantaban.

Es cierto que se los ha cargado, junto a tantas cosas más, esa absurda modernización destructiva que se interesa por el consumo y quiere meter el ocio en el redil de los centros comerciales, junto a los restaurantes de comida rápida-basura y las tiendas de ropa femenina y juvenil, sitios donde el negocio está en la venta de palomitas de maíz y no ponen ni cortos ni NO-DO ni nada, porque se trata de procesarnos rápidamente para que consumamos en otro negocio de los mismos dueños.

También los video-clubs que permitían llevar el cine a casa, el top-manta y el e-mule, además de los canales por cable o la parabólica han apuntillado ese magnífico entretenimiento que era ir al cine a primera hora de la tarde y salir de noche, relatándonos la película unos a otros. Pero, a veces, se recuerda aquel placer (esta mañana he visto en CTK “La guerra de los botones”, de 1962) y la nostalgia nos invade y uno, a sus cincuenta y tantos, quiere llorar un poquito… “Mi pantalón se descosió, por el agujero se me ve el calzón…”

El Metronauta

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