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Los leones del Congreso están hechos con cañones de guerra
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(Foto: Kike Rincón)

Los leones del Congreso están hechos con cañones de guerra

jueves 16 de julio de 2026, 07:00h

Dos fracasos que casi convierten el Congreso en una casa gafada, una batalla en el norte de África y un escultor supersticioso: el nuevo episodio de Madrid en voz baja, el podcast de Eva R Picazo, cuenta de qué están hechas, literalmente, las dos fieras que guardan la política española.

Los has visto mil veces: en el telediario, en cada votación, en cada foto de la puerta del Congreso de los Diputados. Dos leones de bronce enormes, imponentes, custodiando la escalinata de la Carrera de San Jerónimo. Y seguramente nunca te has parado a pensar de qué están hechos.

La respuesta está tallada en la piedra sobre la que se apoyan, a la vista de todos, y casi nadie la lee. El tercer episodio de Madrid en voz baja —el podcast de curiosidades de la capital contadas como relatos por la periodista Eva R Picazo— tira de esa inscripción para desenredar una historia de fracasos, guerra y supersticiones.

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Los leones del Congreso están hechos de cañones
Madrid en voz baja · Eva R Picazo

Dos intentos fallidos: el yeso y los «perros rabiosos»

Cuando se terminó el edificio del Congreso, a mediados del siglo XIX, en el sitio donde hoy están los leones había dos simples farolas que no convencían a nadie. Los diputados quisieron algo con más empaque, y el encargo recayó en el escultor aragonés Ponciano Ponzano. Pero no había presupuesto para el bronce, así que Ponzano esculpió la primera pareja en yeso pintado. Se inauguraron en 1851 con aplausos… hasta que llegó el invierno y la lluvia de Madrid deshizo el yeso. En un año eran dos amasijos irreconocibles.

El segundo intento, ya en piedra, salió tan pequeño que en la época se dijo que parecían más «perros rabiosos» que leones. Fuera otra vez. El Congreso empezaba a parecer una casa gafada, y para el tercer intento hacía falta un material a la altura. Ese material llegó de un lugar muy concreto.

El bronce venía de una guerra

En marzo de 1860, el ejército español ganó la batalla de Wad-Ras, que puso fin a la guerra de África. Entre el botín había toneladas de bronce: cañones capturados al enemigo. A alguien se le ocurrió fundir aquellas armas para hacer, por fin, unos leones dignos. Se le devolvió el encargo a Ponzano, los cañones viajaron a la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, y allí el metal de guerra se coló en un molde de más de dos mil piezas hasta formar dos fieras de más de dos toneladas cada una. La pareja definitiva se colocó en 1872.

No gustó a todos. Un grupo de diputados protestó por el origen guerrero del material: no les parecía bien que la casa del debate y el acuerdo estuviera custodiada por armas fundidas. Y ahí está lo que convierte esto en algo más que una anécdota. En un mismo objeto conviven las dos caras de un país: el bronce viene de la violencia, pero lo que ese bronce protege es, precisamente, el lugar donde se supone que la violencia se deja fuera. Por si fuera poco, los leones se llaman Daoíz y Velarde, en honor a dos héroes militares del Dos de Mayo. Armas de una guerra, con nombre de héroes de otra, guardando la casa donde España intenta no volver a las guerras.

«Fundidos con cañones tomados al enemigo en la guerra de África, en 1860»

Y no hay que creerse nada: está escrito. Si te acercas a la base de los leones, verás esa inscripción tallada en la piedra, a la altura de los ojos, delante de las cámaras de todos los telediarios. Es, probablemente, el secreto peor guardado de Madrid: uno que está literalmente grabado en piedra en uno de los lugares más fotografiados del país, y que aun así casi nadie conoce.

La uva del escultor (y el león al que le falta algo)

El episodio cierra con dos rarezas que hacen la historia más humana. La primera: dicen que Ponzano estaba convencido de que esculpir animales daba mala suerte, y la tradición cuenta que poco después de terminar los leones murió atragantado con una uva. La segunda, para quien se fije de cerca: los dos leones no son idénticos. A uno le faltan sus atributos masculinos, y nadie lo sabe con certeza —hay quien lo atribuye a falta de bronce, quien a un molde dañado en el viaje a Sevilla, y quien a que Ponzano se inspiró en los leones de la Cibeles, donde la tradición dice que uno es macho y el otro, en realidad, una leona.

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