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Retrato de Isabel Matoses
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Retrato de Isabel Matoses (Foto: Isabel Matoses)

El Lázaro Galdiano recupera el legado fotográfico de Isabel Matoses

'Isabel Matoses. La imagen recuperada'

viernes 03 de julio de 2026, 08:00h
Actualizado: 03/07/2026 11:11h

Desde el 8 de julio hasta el 6 de septiembre, el Museo Lázaro Galdiano brinda una oportunidad única de reunir por primera vez en más de cuatro décadas y exhibir la obra de Isabel Matoses (Madrid, 1930-1985), una de las creadoras pioneras de la fotografía experimental en España que ha permanecido en el olvido y que, sin embargo, durante los años 70 fue maestra de toda una generación de fotógrafos que abrieron nuevos caminos creativos. 'Isabel Matoses. La imagen recuperada' permite completar un relato hasta ahora inacabado y replantear algunas de las cuestiones desde las que tradicionalmente se ha interpretado la fotografía en España, recuperando desde el punto de vista historiográfico su figura y una sugerente producción artística dotada de una mirada personal y esencial para comprender la configuración de la cultura visual de aquella época.

Acompañada por la publicación del libro-catálogo, Elaboraciones fotográficas (1969-1985), y comisariada por Begoña Torres, la exposición constituye una ocasión irrepetible para contemplar casi la totalidad de una obra innovadora que permanecía dispersa, inédita o alejada del acceso público y que, mediante más de 70 imágenes, podrá descubrirse en la Sala Pórtico, Galería y Arte Invitado del Museo.

"La impresión que me produjeron al contemplarlas por primera vez fue similar a la de un hueco en la arena cuyo interior ha perdido toda referencia de límite, y que por ello genera una sensación de vértigo, de falta de apoyo. Su propuesta no se centra en el detalle ni en la precisión fotográfica, sino en la poderosa presencia de la obra, casi tangible, como si pudiéramos percibir su temperatura. Si se prolonga la mirada, esas imágenes comienzan a acompañarte de otro modo: crecen, parecen transformarse, adoptan nuevas formas y se expanden bajo la luz cambiante", explica Torres, quien quedó sorprendida al descubrir entre ellas la reinterpretación solarizada de El Aquelarre, pieza emblemática del Museo Lázaro Galdiano, así como Disparate Desordenado. Los Proverbios, conservada igualmente en el Gabinete de estampas y dibujos.

Tanto si se interpreta como "premonición, conexión o llamada", tal y como plantea la comisaria, 'Isabel Matoses. La imagen recuperada' redescubre a una de las figuras más singulares de la fotografía española de la Transición en un momento y un ámbito en los que apenas existían referentes femeninos. Paradójicamente, fue una fotógrafa reconocida en vida tanto por la crítica como por las instituciones, expuso en espacios de relevancia, recibió encargos de prestigio y retrató a algunas de las personalidades más destacadas del momento, aunque posteriormente su obra desapareció del canon de la fotografía española.

Su producción representa una concepción adelantada de la fotografía como una obra única, intervenida y abierta a múltiples interpretaciones, con un carácter innovador basado en su visión de esta disciplina como creación artística -y no únicamente como un medio de documentar la realidad-. A ello se suma una constante voluntad de experimentación desde la que proyecta una mirada propia, poco condicionada por los cánones académicos. Todo ello le permitió abrir nuevas vías de creación en su empeño por otorgar a la fotografía el reconocimiento que merecía: "Defiendo un papel para este arte similar al que posee la pintura", afirmó más tarde, en 1982, en Cinco Días.

Artista y maestra de una generación de fotógrafos

Licenciada en Derecho y Periodismo en Madrid y formada en Roma en 1969, donde adquirió una amplia preparación que abarcaba desde la óptica fotográfica y las técnicas de revelado hasta el retrato, el diseño gráfico, la moda, el reportaje o la fotografía industrial, su trabajo destacó por una mirada próxima al neorrealismo poético de los barrios romanos.

Expuso por primera vez en 1971 en el Palazzo Lovatelli de Roma y, un año después, inauguró su primera exposición en la Galería Casa y Jardín de Madrid, cuya repercusión mediática fue elogiada como "apasionante creación artística" (Informaciones, noviembre de 1972), mientras que sus trabajos sobre distintos soportes -además de papel, planchas de aluminio y tela- fueron definidos como "hallazgos de efectos sorpresivos en el misterio alquimista de su laboratorio" (Diario YA).

En 1973 regresó a la capital española y estableció su estudio de carácter vanguardista en la Plaza del Alamillo, donde, en una época en la que no existía ninguna escuela de fotografía, fundó la suya propia. "Entre las paredes altas mora el mundo y la genialidad de una artista", se afirmaba en Sábado Gráfico (julio de 1973).

Allí no enseñaba simplemente a hacer fotografías, sino a pensarlas, dando origen a una singular comunidad creativa del Madrid de aquellos años (Grupo Alamillo) y creando un espacio de referencia decisivo para la renovación del lenguaje fotográfico en España. En 1979 expuso en la Galería Sen con un éxito similar.

En el ámbito de la decoración colaboró con la destacada diseñadora de muebles, telas y espacios Isabel García-Tapia, cuya obra contribuyó a renovar la estética de interiores de la década de los 80. Mientras tanto, el Grupo Alamillo consolidaba su presencia en el panorama artístico mediante distintas exposiciones.

Siempre desde una actitud de búsqueda de la creatividad, la misma que transmitió a sus alumnos, su principal interés no era describir el mundo, sino reinterpretarlo de manera poética, explorando cuestiones como la memoria, el tiempo, la identidad y la percepción. De ahí que sus fotografías puedan transmitir una sensación de movimiento, vibración e inestabilidad perceptiva que invita al espectador a implicarse activamente en ellas, tal y como explica la comisaria de la exposición. Matoses concebía cada imagen como un relato abierto, una experiencia irrepetible que debe completar quien la contempla.

La vida al descubierto: el proceso fotográfico como parte de la creación artística

Con un lenguaje visual que mantiene afinidades con el Pop Art, el Op Art y determinadas estéticas psicodélicas, esta exposición saca a la luz un trabajo caracterizado por un uso intensivo de los recursos del laboratorio y de esas "elaboraciones fotográficas" que, en la España de los años 70, situaban a la fotografía en un ámbito próximo a las artes visuales y a la experimentación.

El recorrido que propone el Museo Lázaro Galdiano transita por imágenes consideradas un archivo visual para el estudio de la Transición democrática -murales y grafitis- vinculadas al fotoperiodismo, así como por géneros como el retrato, la fotografía urbana, el paisaje o el patrimonio artístico: rostros, arquitecturas, esculturas y vestigios de antiguas civilizaciones inmortalizados con su Reflex Contax con lentes Zeiss, Konica Autoreflex T4, Rollei SL66 y Sinar de placas para grandes formatos.

En sus creaciones emplea técnicas que reflejan una búsqueda permanente de nuevas formas de expresión, alejando la fotografía de su carácter meramente descriptivo y dotándola de una dimensión que va más allá de lo formal, evocadora y onírica, como si pretendiera sugerir la vida de quienes habitan esos lugares, el significado de aquello que representan o acceder a un plano más profundo del motivo retratado.

La solarización o efecto Sabattier, los efectos de bajorrelieve, la sobreimpresión, las dobles y múltiples exposiciones, las tramas, los procesos de virado, los desenfoques, los barridos, la separación de tonos, la posterización o la manipulación de negativos y copias convierten el proceso fotográfico en un elemento esencial de la creación artística, con imágenes reencuadradas, invertidas, ampliadas y replanteadas durante la posproducción, e incluso con un positivado realizado de forma artesanal.

La forma, la línea, la textura, la tonalidad, el contraste, el grano visible, los contornos luminosos, las texturas gráficas y una estética que difumina las fronteras entre fotografía, dibujo, grabado y pintura poseen para ella tanta relevancia como el propio contenido, del que resultan inseparables. Al mismo tiempo, su lenguaje pone el acento en lo movido, lo desenfocado, en ocasiones lo áspero, pero también en lo íntimo, lo imperfecto y lo auténtico. "Como si fuera una niebla emocional, un velo entre la realidad y el recuerdo, un recurso para transmitir la memoria y el paso del tiempo", asegura la comisaria.

Descubrir aquello que permanece latente

Sobresalen así los retratos de José Bergamín, Antonio Gala, Camilo José Cela, Pitita Ridruejo, María Dolores Pradera, José María Díez-Alegría, Don Juan, conde de Barcelona, Rafael Alberti, -entre otros publicados también en la revista Sábado Gráfico en 1974-, a los que parece devolver una imagen casi parapsicológica de cada uno de ellos; las fotografías de Adolfo Suárez para la campaña electoral de las elecciones de 1977 y posteriormente ya como presidente; el reportaje realizado en el Banco de España para fotografiar por primera vez el tesoro de su cámara acorazada; o la representación de escenarios como la playa de Montecarlo, Cudillero, la iglesia prerrománica de San Julián de los Prado (Oviedo), Santiago de Compostela, la Plaza Mayor de Madrid, un canal de Venecia, el Castillo de Sant'Angelo y las calles de Roma.

También destaca el Ángel Caído de El Retiro , llevado al límite de la descomposición en líneas y formas casi irreales, así como las fotografías de obras de Goya, "donde el claroscuro conserva, tras la hábil manipulación, todo el espíritu del autor aragonés", según apuntaba la crítica en la revista Triunfo en noviembre de 1972.

Fotografías realizadas con una "singular maestría de artífice artesano" (YA, noviembre de 1972), capaces de perturbar al espectador gracias al empleo del blanco y negro, precisamente en un momento en el que el color se imponía como símbolo de modernidad. "Todas mis obras son en blanco y negro... A mi entender, desde el punto de vista de la expresión artística, el color pierde todo su atractivo", contaba en ABC (febrero de 1971), convencida de que en el claroscuro residía una fuerza mayor, una capacidad más profunda para expresar lo invisible y lo inconsciente. Quizá estas fotografías sean "una reinvención de la realidad", como expresa Begoña Torres.

Para Matoses, la imagen era el resultado de un proceso creativo en el que intervenían la mirada de la autora, la manipulación técnica y la experimentación formal. "Asume que toda imagen es el resultado de una cadena de decisiones que incorporan de forma inevitable la subjetividad del autor y entiende la disciplina como un proceso mediado y construido, fruto de múltiples elecciones, recursos técnicos y diversas formas de intervención", explica Torres.

En griego, foto (Phōs, φῶς) significa luz y grafía (Graphê, γραφή), dibujar, trazar o escribir. Fotografiar es dibujar con la luz y obtener una imagen no estable, es decir, latente, como aquello que existe pero permanece oculto. Quizá descubrir lo que permanece latente pueda definir tanto la obra de Isabel Matoses entre 1969 y 1985 como su labor docente, que continuó durante dos años más tras su prematura muerte gracias a quienes habían sido sus ayudantes.

Isabel Matoses entendió la fotografía como algo más que una imagen: como una forma de revelar lo invisible y como la búsqueda de la belleza que encierra toda manifestación artística. "Esa es la meta final del buen fotógrafo", aseguraba en Cinco Días (junio de 1982). Esta exposición y este libro constituyen un homenaje a su obra y a esa manera de mirar, crear y dejar huella.

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