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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

La verja que separaba el Palacio de la ciudad

La verja que separaba el Palacio de la ciudad

miércoles 24 de junio de 2026, 07:00h

El 24 de junio de 1978, los jardines del Campo del Moro se abrieron al público tras décadas cerrados desde el final de la Guerra Civil. Aquel día, cerca de un millar de personas esperaba ante la puerta principal del recinto, en el Paseo de la Virgen del Puerto, para entrar en uno de los espacios más singulares y reservados de Madrid.



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En este episodio recorremos la historia del Campo del Moro, el jardín situado a los pies del Palacio Real que Madrid recuperó para el paseo ciudadano el 24 de junio de 1978.

No era una apertura cualquiera. Al otro lado de aquella verja no había simplemente una zona verde, sino un jardín cargado de historia, unido durante siglos al entorno del Palacio Real y contemplado durante mucho tiempo más como un espacio reservado que como un lugar de paseo para los madrileños.

La escena de aquel día tenía algo de fotografía de la Transición. En la apertura estuvieron el alcalde de Madrid, José Luis Álvarez Álvarez, el presidente de Patrimonio Nacional, el marqués de Mondéjar, vecinos, curiosos y hasta una delegación moscovita que visitaba la capital. Un jardín real, cerrado durante décadas, se abría a la ciudad en un momento en el que España también estaba aprendiendo a abrir puertas.

El Campo del Moro ocupa una posición privilegiada a los pies de la fachada occidental del Palacio Real, en la bajada hacia el Manzanares. Desde allí, el palacio se contempla de una manera distinta a como se ve desde la Plaza de Oriente. No aparece como una fachada frontal y solemne, sino como parte de un paisaje, al fondo de una gran pendiente verde, entre árboles, fuentes y caminos.

El nombre del jardín procede de una antigua tradición vinculada al año 1109, cuando las tropas de Alí Ben Yusuf habrían acampado en esta zona durante su intento de recuperar Madrid tras la muerte de Alfonso VI. El ataque no prosperó, pero el nombre permaneció unido al lugar. Campo del Moro: tres palabras que todavía conservan el eco de una ciudad medieval, disputada y fronteriza.

Durante siglos, aquellos terrenos estuvieron ligados al entorno real. Felipe II compró la zona próxima al antiguo Alcázar para incorporarla a los espacios de la Corona. Después llegarían el incendio del Alcázar en 1734, la construcción del actual Palacio Real y sucesivos proyectos para ordenar aquella ladera que descendía hacia el río.

El desnivel fue durante mucho tiempo uno de los grandes retos del jardín. Lo que hoy ofrece una de las perspectivas más bellas del Palacio Real fue en su día una dificultad técnica y paisajística. Había que convertir una pendiente complicada en un jardín armónico, capaz de acompañar la monumentalidad del palacio sin perder naturalidad.

En el siglo XIX, el Campo del Moro empezó a adquirir una forma más reconocible. Narciso Pascual y Colomer trazó sus grandes avenidas y Ramón Oliva le dio después ese aire paisajista y romántico que todavía conserva. No es un jardín pensado para el bullicio, sino para el paseo lento, para la sombra y para la contemplación.

También sus fuentes cuentan una historia de traslados y herencias. La Fuente de las Conchas, diseñada por Ventura Rodríguez para los jardines del Palacio del Infante don Luis, en Boadilla del Monte, acabó instalada en el Campo del Moro tras pasar por distintas manos reales. La Fuente de los Tritones llegó desde Aranjuez. Como tantas piezas históricas de Madrid, ambas parecen haber encontrado bajo el Palacio Real un destino final después de una larga vida de mudanzas.

Pero el episodio central llegó en 1978. Durante la Segunda República, el Campo del Moro había sido cedido al pueblo de Madrid, al igual que la Casa de Campo. Tras la Guerra Civil, sin embargo, volvió a quedar bajo Patrimonio Nacional y permaneció cerrado durante décadas. Por eso la apertura del 24 de junio no fue exactamente una primera vez, sino una recuperación.

El Ayuntamiento destinó veinte jardineros y varios policías municipales para cuidar el recinto. El detalle resulta revelador: abrir el Campo del Moro no consistía solo en descorrer una verja. Había que permitir la entrada de los madrileños sin que el jardín perdiera su carácter reservado, silencioso y delicado.

Desde entonces, el Campo del Moro dejó de ser únicamente un jardín al pie del Palacio Real para convertirse también en un espacio de paseo ciudadano. La verja seguía existiendo, pero ya no significaba lo mismo. Había dejado de ser solo frontera para convertirse también en entrada.

El jardín guarda, además, otra historia bajo tierra: el llamado Túnel de Bonaparte, proyectado en 1809 por encargo de José Bonaparte para comunicar los jardines del Palacio Real con la Casa de Campo. Un pasadizo privado que recuerda hasta qué punto este rincón de Madrid ha estado unido durante siglos a los caminos reservados del poder.

Hoy nos parece normal entrar en el Campo del Moro, caminar bajo sus árboles, ver los pavos reales o mirar el Palacio Real desde esa perspectiva serena que solo se tiene desde el jardín. Pero esa normalidad tiene una fecha concreta. Hubo un tiempo en que ese paseo no era posible. Hubo madrileños que pasaron cerca durante años sin poder cruzar. Hubo una verja que separó un lugar de la vida cotidiana de la ciudad.

El 24 de junio de 1978, Madrid no inauguró una avenida ni levantó un monumento. Recuperó algo más silencioso: una mirada. La posibilidad de entrar en un jardín que durante demasiado tiempo había estado al otro lado.

Desde entonces, el Campo del Moro conserva algo de aquel día: la memoria de haber estado cerrado, la emoción de haber sido recuperado y esa belleza discreta de los lugares que, incluso cuando ya son de todos, siguen pareciendo un poco escondidos.

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