El Madrid del siglo XVIII era una ciudad muy distinta a la que conocemos hoy. Calles embarradas, escasa iluminación, basura acumulada y una vida nocturna prácticamente inexistente formaban parte de la rutina diaria de una capital que todavía estaba lejos de parecer una gran ciudad europea.
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Carlos III y el Madrid más incómodo
El 28 de mayo de 1764 comenzaron las reformas urbanas impulsadas por Carlos III que transformarían Madrid: alumbrado público, limpieza, empedrado y nuevos paseos para una ciudad que intentaba dejar atrás el barro y la oscuridad.
Carlos III llegó a Madrid procedente de Nápoles con una idea muy distinta de lo que debía ser una capital moderna. La ciudad crecía rápidamente, pero seguía funcionando casi como una villa improvisada, con calles mal iluminadas, barro constante y problemas de higiene que afectaban a la vida cotidiana.
Antes de vaciar orinales y cubos de agua sucia por las ventanas, muchos vecinos gritaban “¡Agua va!” para avisar a quienes caminaban abajo. No siempre funcionaba.
Un Madrid oscuro y lleno de barro
Durante el siglo XVIII, muchas calles madrileñas eran prácticamente caminos de tierra donde convivían carros, caballos, mulas e incluso animales criados dentro de la ciudad. Cuando llovía, el centro se convertía en un barrizal difícil de atravesar.
Además, gran parte de Madrid quedaba completamente a oscuras al caer la noche. Los robos y las peleas eran frecuentes en una ciudad donde apenas existía iluminación pública.
La ciudad empieza a cambiar
Las reformas impulsadas por Carlos III introdujeron nuevos faroles de aceite, mejoras en el empedrado, servicios de limpieza y nuevas normas urbanas para intentar ordenar la ciudad.
También aparecieron oficios urbanos que empezaron a transformar la vida cotidiana madrileña: faroleros que encendían y apagaban las luces manualmente, barrenderos, peones de limpieza y cuadrillas de empedradores que trabajaban calle por calle.
Además, Carlos III impulsó paseos arbolados y espacios públicos como el Paseo del Prado, pensado ya como un lugar para caminar y convivir en una ciudad moderna.
El legado de Carlos III
Muchas de aquellas reformas encontraron resistencia entre los propios madrileños. El famoso Motín de Esquilache, provocado en parte por normas relacionadas con la vestimenta y el orden urbano, reflejó el rechazo que generaban algunos cambios.
Sin embargo, con el tiempo Madrid empezó a parecerse menos a una villa embarrada y más a una capital ilustrada.
Por eso Carlos III terminó pasando a la historia con un apodo poco habitual para un rey: el mejor alcalde de Madrid.