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Cómo conseguir que un niño lea en la era de las pantallas

Cómo conseguir que un niño lea en la era de las pantallas

jueves 02 de abril de 2026, 09:30h

Conseguir que un niño lea hoy no es una cuestión de voluntad ni de disciplina. Tampoco es, como a veces se plantea, un problema generacional en el que los libros han perdido interés frente a las pantallas. La realidad es más sencilla y, al mismo tiempo, más incómoda: las historias siguen interesando, pero ahora compiten en un entorno que no está pensado para la lectura.

Durante mucho tiempo, leer formaba parte de la rutina sin necesidad de explicaciones. Estaba integrado en el día a día, en momentos concretos que apenas se cuestionaban. Hoy, sin embargo, ese espacio se ha fragmentado. Las pantallas ocupan cada hueco disponible y ofrecen algo que la lectura no puede ofrecer en los mismos términos: inmediatez, estímulo constante, recompensa sin espera.

En ese contexto, pedir a un niño que lea no es solo pedirle que abra un libro. Es pedirle que renuncie, al menos durante un rato, a todo lo demás. Y eso cambia completamente el enfoque.

El problema no es que los niños no quieran leer. Es que no siempre encuentran las condiciones para hacerlo. Porque leer exige algo que no abunda: silencio, tiempo sostenido, una atención que no se interrumpe cada pocos segundos. Y eso no se construye con imposición.

De hecho, uno de los errores más habituales es precisamente ese. Convertir la lectura en una obligación, en una tarea que hay que cumplir. Cuando ocurre, deja de ser una experiencia y pasa a ser una exigencia más, asociada al esfuerzo y, en muchos casos, al rechazo.

Lo que funciona suele ser mucho más sencillo y menos visible. Tiene que ver con la presencia, con estar sin imponer, con ofrecer sin insistir demasiado. Con leer acompañado, aunque sea durante unos minutos, y permitir que ese momento no tenga otra función que la de estar ahí. Con hacer preguntas que no buscan una respuesta correcta, sino abrir la historia, hacerla propia.

También tiene que ver con el contexto. No es lo mismo intentar leer en medio de estímulos constantes que hacerlo en un entorno donde el ritmo cambia. Por eso espacios como las bibliotecas siguen teniendo un valor que va más allá de los libros que contienen. Son lugares donde la atención se reorganiza, donde el tiempo no se fragmenta de la misma manera.

Aceptar que las pantallas forman parte de la vida cotidiana es también importante. Intentar eliminarlas por completo no suele dar resultado. La clave no está en sustituir, sino en equilibrar, en generar momentos en los que la lectura pueda aparecer sin competir directamente con todo lo demás.

En ese sentido, los cuentos siguen funcionando como lo han hecho siempre. No porque sean más atractivos que antes, sino porque apelan a algo que no ha cambiado. En El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen, todos ven lo mismo, pero nadie se atreve a decirlo. Hasta que un niño, sin calcular las consecuencias, lo hace.

Ese gesto, aparentemente simple, contiene algo más profundo. No se trata solo de entender una historia, sino de aprender a mirar, a interpretar, a cuestionar. Y eso es lo que la lectura sigue aportando, incluso hoy.

Por eso, quizá la pregunta no sea cómo obligar a un niño a leer, sino cómo crear el espacio para que quiera hacerlo.

Porque un niño no deja la pantalla porque se la quiten.

La deja cuando hay algo que le interesa más.

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