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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Cien pesetas bajo lupa

Cien pesetas bajo lupa

viernes 23 de enero de 2026, 07:00h
Actualizado: 23/01/2026 07:11h

El 23 de enero de 1916, Madrid vivió una jornada marcada por un tipo de inquietud que no hace ruido, pero que atraviesa el aire como un hilo fino. Ese día, el Banco de España lanzó una advertencia sobria: circulaban billetes falsos de cien pesetas. La noticia, impresa en los periódicos, descendió por la ciudad como un susurro insistente. En pocos minutos estaba instalada en los cafés, apoyada en los mostradores, comentada a medias en los tranvías e intercambiada entre dependientes y clientes con la rapidez con la que se transmite cualquier duda que afecta al bolsillo.

La falsificación afectaba a la emisión del 30 de julio de 1906, una serie tan familiar que muchos madrileños podían identificar sus detalles sin necesidad de verlos. Y, sin embargo, distinguir el auténtico del engañoso requería una atención inusual. El Banco de España detalló cuatro señales que marcaban la diferencia: un papel más fino, sin el peso característico; una mirada endurecida en el retrato del anverso; un rosetón ligeramente más oscuro en la esquina izquierda; y un grabado en el reverso que se encogía unos milímetros en el sentido horizontal. Bastaban esas variaciones mínimas para que el billete pasara de moneda a sospecha.

El efecto fue inmediato. En los comercios, las manos que solían despachar sin detenerse se tomaron un segundo más para palpar el papel. En los tranvías, los revisores inclinaban los billetes contra la luz que entraba por las ventanillas. En los mercados, los dependientes extendían el brazo para examinar la tinta. La ciudad, acostumbrada a la velocidad del intercambio, descubrió ese día que un billete podía exigir una pausa. No se produjeron detenciones ni se señaló a ninguna imprenta clandestina en Madrid. El delito, por el momento, era solo una sombra que acompañaba a cada transacción.

La explicación llegaría con retraso. A partir de enero de 1917 —y con sentencia en febrero de 1919— se desarticuló en Navarra y Cataluña una red dedicada precisamente a falsificar los billetes de la emisión de 1906. Al frente estaban Faustino Lizasoáin, médico de Aoiz; Policarpo Sagasti, posadero y contrabandista en Nagore; Domingo Giol Grau, grabador barcelonés; y Enrique Velandia Malax‑Echeverría, vinculado a una imprenta pamplonesa. La trama operaba con una sofisticación inusual: requería papel específico, tintas cuidadosamente elegidas, maquinaria especializada y una cadena de distribución que hacía posible que el dinero falso se confundiera con el verdadero en el tráfico cotidiano. La ciudad había olido el engaño antes de conocer el nombre de sus autores.

El clima económico ayudaba a amplificar la inquietud. Aunque España era neutral en la Gran Guerra, los precios del carbón, de la leche y del pan se habían vuelto inestables. En ese escenario, un billete falso no era un simple fraude: era un recordatorio de que la seguridad material, ya frágil, podía quebrarse sin aviso.

La jornada dejó, además, un puñado de anécdotas que dibujan el contraste del momento. Mientras los ciudadanos examinaban billetes con una mezcla de recelo y curiosidad, Alfonso XIII celebraba su santo con caza en la Casa de Campo, engalanamientos en las calles y un banquete de más de cien cubiertos en el Palacio Real acompañado por el Real Cuerpo de Alabarderos. En otro rincón de la ciudad, una tienda de muebles anunciaba la apertura de una nueva sucursal “por poco tiempo”, un guiño involuntario a la fragilidad económica del momento. Y en el ámbito de la cultura, el Heraldo de Madrid publicaba la exclusiva de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez, una novedad literaria que comenzaba a generar expectación en los quioscos.

A lo largo del día, muchos madrileños se acercaron al Banco de España para obtener confirmación. Los billetes, doblados y gastados, se entregaban con una mezcla de pudor y esperanza. La mayoría eran auténticos. Pero la pedagogía de la sospecha ya estaba en marcha: tocar, mirar, comparar. La ciudad comprendió que el dinero podía exigir algo más que confianza.

Con el tiempo, aquella jornada quedó como una enseñanza discreta pero duradera: para comprender a una ciudad, a veces basta con observar cómo examina aquello en lo que deposita su valor. Aquel 23 de enero, Madrid sostuvo sus cien pesetas bajo la luz, buscando en el papel respuestas que tardarían un año en llegar.

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