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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Los Vargas, el rey y la tierra prometida
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(Foto: Hugo Lescura)

Los Vargas, el rey y la tierra prometida

sábado 17 de enero de 2026, 07:00h
Actualizado: 17/01/2026 08:49h

El 17 de enero de 1562 no dejó titulares, ni grandes ceremonias, ni actos públicos. Sin embargo, aquel día Madrid comenzó a transformar su fisonomía de una manera silenciosa pero decisiva. En una sala discreta de la villa, representantes de la familia Vargas —uno de los linajes más antiguos y arraigados de la ciudad— firmaron la venta de sus extensas tierras occidentales al rey Felipe II. Lo que para unos era una operación patrimonial, para la ciudad era el inicio de un paisaje que marcaría generaciones.

Aquellas fincas, hasta entonces herencia familiar, formaban un territorio de encinas dispersas, arroyos discretos y senderos que serpenteaban según la voluntad del terreno. En ese espacio se levantaba el Palacio de los Vargas, un edificio renacentista cuya elegancia había trascendido fronteras y que, con el tiempo, inspiraría residencias similares en otros reinos. Bajo su superficie, además, se escondían las grutas manieristas: un pequeño universo subterráneo concebido para el asombro cortesano, donde la piedra, la luz y el eco componían un teatro natural.

Felipe II adquirió estas tierras con la intención de crear un espacio de recreo, caza y representación para la Corte recién asentada. Lo que comenzó como un coto real terminó convirtiéndose en un enclave clave para la historia de Madrid. Con los siglos, la finca se amplió, se transformó, sufrió incendios y reformas, y acabó convertida en uno de los parques urbanos más grandes de Europa: la actual Casa de Campo.

Hoy, de aquella compraventa discreta queda un legado inmenso. El palacete aún resiste, aunque con cicatrices. Las grutas, en otro tiempo sorprendentes, se mantienen mutiladas pero presentes, esperando una restauración que devuelva parte de su misterio. Y el vasto territorio que en su día fue terreno privado de la Corona es hoy espacio público, refugio verde para miles de madrileños.

En 1562 nadie lo sabía, pero la firma que selló aquel acuerdo no sólo modificó un registro: abrió un horizonte. Madrid ganó un terreno que se convertiría en punto de encuentro, en memoria viva y en símbolo de continuidad.


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